Trump coloca a Cuba en la mira mientras el régimen pierde su sostén venezolano

La caída del chavismo dejó a La Habana frente a una grieta que ya no puede esconder. Durante años, el régimen cubano se sostuvo en buena medida sobre el petróleo y los recursos que llegaban desde Venezuela. Ese respaldo se ha encogido, y el golpe lo siente una dictadura que vive aferrada a sus muletas externas mientras la crisis interna se agrava.

Donald Trump volvió a poner el tema cubano en el centro de su discurso cuando dejó caer que la isla “parece estar lista para caer”. La frase no fue un desliz. Encaja con una línea política que busca empujar el derrumbe del castrismo y devolver el tema cubano a la agenda dura de Washington. En ese tablero, Marco Rubio aparece como pieza clave: hijo de exiliados cubanos y responsable del asunto cubano dentro de la administración estadounidense, carga con una promesa abiertamente anticastrista y con una visión frontal contra el régimen de La Habana.

También pesó la señal del congresista Carlos Giménez, que afirmó en X que Trump estudia “todas las opciones” para llevar a la isla hacia una Cuba libre de la “dictadura narcoterrorista”. El lenguaje puede ser político, pero el mensaje es claro: en Washington se habla otra vez de Cuba como un problema de fondo, no como un asunto secundario.

El gran debate está en el método. Las opciones que aparecen sobre la mesa son tres: intervención militar, negociación forzada o derrumbe por asfixia económica. Cada una implica costos altos y resultados inciertos. Una operación armada a 145 kilómetros de las costas estadounidenses sería una apuesta de enorme riesgo. El régimen ha construido durante décadas una estructura interna pensada para resistir y cuenta con un ejército entrenado para sostener el poder en cualquier contingencia.

La ruta de una acción rápida y quirúrgica también tropieza con límites serios. Cuba no ofrece un relevo fácil ni una transición limpia. En ese escenario, el castrismo sigue jugando a ganar tiempo, blindado por su aparato de control y por la costumbre de sobrevivir al límite.

Mientras tanto, La Habana se mueve en busca de nuevos apoyos. La llegada del ministro del Interior ruso, Vladimir Kolokoltsev, fue una señal nítida de respaldo al aparato represivo cubano. No se trató de una visita protocolar cualquiera. Hablamos de un funcionario sancionado por su papel en la guerra de Ucrania, cuya presencia en la isla envía un mensaje político y represivo en plena caída del chavismo.

China también volvió a sostener al régimen con una nueva ronda de ayuda cifrada en 80 millones de dólares y una donación de 60.000 toneladas de arroz. A eso se suma la decisión de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum de mantener el envío de petróleo a Cuba, pese a la presión regional y a la advertencia de Trump de que no habría “petróleo ni dinero para Cuba”. La dictadura sigue encontrando aliados, aunque cada vez en un margen más estrecho.

La fragilidad de la economía cubana ya es inocultable. Con menos petróleo, menos divisas y menos margen para revender crudo, la isla entra en una etapa todavía más dura. El PIB está por el suelo, los créditos se amontonan sin pagarse, faltan alimentos y medicamentos, y la crisis energética deja cortes de luz de hasta 20 horas al día. La industria se desploma, la agricultura cae en picada y el turismo sigue en sus peores cifras.

Trump puede escoger agravar esa presión y esperar el derrumbe. Esa salida también tiene consecuencias graves: más crisis humanitaria, más criminalidad y una oleada migratoria que golpearía a la región. Cuba queda atrapada entre la presión externa y el fracaso interno de un régimen que se sostiene sobre represión, dependencia y propaganda. La dictadura más vieja del continente entra en su zona de mayor vulnerabilidad, y la posibilidad de su caída deja de sonar a consigna para convertirse en una cuenta política real.

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