Marrero admite una economía de guerra en Cuba

El primer ministro Manuel Marrero Cruz terminó por decir en voz alta lo que el régimen lleva meses maquillando con consignas: Cuba vive “prácticamente una economía de guerra”. La frase salió durante una reunión extraordinaria del Consejo Provincial de Gobierno en Ciego de Ávila, y retrata con crudeza el derrumbe económico que golpea a la isla.

Su diagnóstico llega en medio de la falta de recursos, la inflación y la caída de la producción nacional, tres síntomas que la propaganda oficial intenta disimular mientras la vida cotidiana se vuelve más dura para la población. Marrero pidió a los municipios dejar de ser “eslabones pasivos” y asumir protagonismo propio, como si los gobiernos locales pudieran resolver con voluntad política lo que el aparato central les niega en recursos, autonomía y capacidad real de decisión.

El primer ministro habló de las comunidades como el “terreno de batalla” donde se sienten de inmediato los efectos de la crisis y donde deberían concentrarse los esfuerzos productivos. También apeló a un “cambio de mentalidad radical” y a medidas concretas, una admisión implícita de que el discurso oficial ya no alcanza para sostener el desastre económico ni para tapar la parálisis del modelo.

Marrero insistió en cargar sobre el “bloqueo estadounidense” y la “hostilidad del Gobierno de Estados Unidos” la responsabilidad principal del panorama nacional, mientras repitió la letanía de las “distorsiones internas” y las trabas burocráticas. Ese libreto lleva años intacto: el régimen culpa a factores externos, pero reconoce a medias que la producción no despega, que la escasez aprieta y que el aparato estatal sigue ahogando cualquier impulso real desde abajo.

En su llamado a fortalecer la autonomía municipal, el primer ministro también dejó al descubierto la contradicción de fondo. Exige resultados a los territorios, a los militantes comunistas y a las comunidades, pero no ofrece medios, financiamiento ni herramientas para cumplir esas metas. La orden baja desde arriba; la responsabilidad se reparte hacia abajo; el fracaso termina cargándolo la gente.

Ciego de Ávila fue presentada como ejemplo de potencial agrícola, con unas 35 000 hectáreas de cultivos diversos, aunque el propio Gobierno admitió que no aprovecha todas sus capacidades ni los recursos humanos disponibles. Esa confesión resume el modelo cubano: un país con tierras, fuerza de trabajo y necesidades urgentes, pero atrapado por un sistema que no produce, no organiza y no deja producir.

Marrero cerró con otra advertencia: 2026 será un año de definiciones. En la práctica, la definición ya está hecha. El régimen reconoce una economía de guerra porque ha llevado a Cuba a vivir entre la escasez, la improvisación y la ruina, mientras sigue pidiendo sacrificios a un pueblo exhausto.

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