El régimen de Miguel Díaz-Canel volvió a levantar el fantasma de una agresión externa para blindar su discurso interno. Desde La Habana, el mandatario acusó al Gobierno de Estados Unidos de usar contra Cuba los mismos «pretextos» que, según él, sirvieron para justificar la ofensiva contra Venezuela y repitió que «nunca la rendición será una opción».
La línea es conocida: convertir cada presión internacional en una épica de resistencia y presentar al castrismo como víctima permanente, aunque la isla siga hundida en la escasez, los apagones y la falta de combustible. Esta vez, Díaz-Canel vinculó la ofensiva contra Caracas con una supuesta campaña de presión económica, política y propagandística intensificada desde septiembre de 2025, además del mayor despliegue militar de Estados Unidos en el Caribe en más de dos décadas.
En su intervención ante miembros del Partido Comunista de Cuba, el único legal, el gobernante dijo que esos son también los elementos que Washington estaría «construyendo» contra la isla para justificar sanciones, presión y una eventual agresión. También enmarcó el conflicto en una supuesta guerra ideológica, cultural, mediática y comunicacional, el repertorio habitual del régimen cuando busca tapar su propia responsabilidad en el deterioro nacional.
La reacción llegó después de que Donald Trump declarara a Cuba una «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad nacional de Estados Unidos y anunciara aranceles a los países que le vendan petróleo a La Habana. Washington incluyó entre sus argumentos el alineamiento del régimen con Rusia y otros «actores malignos», la acogida de bases de espionaje y «grupos terroristas transnacionales», además de la persecución y tortura de oponentes políticos y la negación de derechos humanos en la isla.
Díaz-Canel respondió con acusaciones de «maldad» y «perversidad», y sostuvo que la línea del actual Ejecutivo estadounidense apunta a la «asfixia total» y la «agresión militar» contra Cuba. El mensaje tiene una intención política clara: cerrar filas, justificar la represión y vender resistencia donde lo que existe es un país agotado por el control castrista y por una crisis que el propio poder ha sido incapaz de resolver.
El panorama económico hace todavía más frágil ese discurso. La presión de Washington cae sobre una economía que ya arrastraba un déficit crónico de combustible, visible en los apagones diarios y en la incapacidad de importar el crudo suficiente por falta de divisas. Mientras el régimen sigue buscando enemigos externos, la vida cotidiana en Cuba se estrecha al ritmo de la escasez y del desamparo que impone el sistema.
En medio de esa tensión, La Habana tampoco ha cerrado por completo la puerta a una negociación. El problema es el de siempre: el castrismo habla de diálogo solo si es “entre iguales” y bajo “respeto” mutuo, pero al mismo tiempo reconoce que no ha existido ningún contacto bilateral. Ese doble discurso confirma la vieja práctica del régimen: denunciar, dramatizar y resistir en público, mientras intenta ganar margen político donde no le queda fuerza real.

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