La decisión de Donald Trump de castigar con aranceles a los países que vendan o suministren petróleo a Cuba vuelve a dejar al régimen en su punto más débil: la energía. La medida cayó sobre una isla ya golpeada por apagones interminables, escasez y una dependencia que La Habana nunca ha logrado resolver. En la calle hubo miedo, cansancio y también esa indiferencia amarga que nace de vivir demasiado tiempo bajo presión.
En La Habana, Nairobis habló de preocupación, sobre todo por los niños y por la posibilidad de que el país se paralice aún más si falta el combustible. Su reacción mezcla alarma y resignación, como la de tantos cubanos que han aprendido a medir cada anuncio de Washington según el golpe que pueda traer sobre la mesa, la nevera y la oscuridad del barrio. Para ella, Trump representa una amenaza, aunque confía en que el país no llegue al extremo de un colapso total.
Otros cubanos leyeron la medida con el mismo hartazgo que marca la vida diaria en la isla. Lázaro Hernández describió a Trump como un hombre dominado por el ego y convencido de mandar sobre el mundo. Luis Salinas habló de una presión que aprieta todavía más a Cuba y descartó una intervención militar como la vivida por Venezuela. La respuesta de ambos resume el clima social: décadas de amenazas, crisis acumulada y poca capacidad para creer que algo cambie de verdad.
Trump firmó una orden ejecutiva que permite imponer aranceles a bienes procedentes de países que vendan o proporcionen petróleo a Cuba. La Casa Blanca justifica esa ruta con el argumento de que la isla constituye una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos. La decisión llega después del corte del suministro de crudo venezolano y se inserta en la estrategia de cerrar aún más el cerco sobre un régimen que depende del exterior para sostener lo básico.
La fragilidad energética cubana ya estaba al límite. La isla apenas produce una tercera parte del petróleo que necesita, unos 40.000 barriles diarios de un total cercano a 110.000. La otra parte depende de importaciones que se han vuelto cada vez más difíciles por la falta de divisas del Estado. Esa carencia explica buena parte de los apagones que hoy castigan al país, con cortes de más de 20 horas al día en amplias regiones.
El sábado se registró además un nuevo récord: 63 por ciento del país sin corriente al mismo tiempo en el momento de mayor demanda. Diez días antes ya se había anunciado otro máximo, con 62 por ciento de la isla apagada. Son cifras que marcan el peor nivel desde 2022, cuando comenzaron a divulgarse los datos oficiales sobre apagones y EFE empezó a cotejarlos. Cada nuevo registro confirma que el colapso eléctrico dejó de ser una anomalía para convertirse en rutina nacional.
En medio de ese panorama, la gente sigue hablando en voz baja, midiendo lo que dice y hasta lo que piensa. Sonia López prefirió esperar y cuidar a la familia de más angustias. Esa actitud dice mucho más que cualquier discurso oficial. Cuba vive atrapada entre la asfixia económica, la dependencia del petróleo y la incapacidad del régimen para dar una salida real. Trump aprieta desde fuera, pero el deterioro que hace temblar a la isla viene de años de desgobierno y ruina interna.

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