Estados Unidos anunció un nuevo paquete de ayuda humanitaria por seis millones de dólares para Cuba, en un momento en que la isla vive una asfixia diaria marcada por los apagones, la escasez de combustible y el derrumbe de la capacidad del régimen para responder a lo más básico. Con este tramo, la Administración Trump eleva a 9 millones de dólares los fondos destinados a los damnificados por el huracán y a las familias más golpeadas por la crisis.
La asistencia llegará en las próximas semanas y se concentrará sobre todo en las provincias orientales. Jeremy Lewin, subsecretario de Estado para Asuntos de Asistencia Exterior, Humanitarios y de Libertad Religiosa, explicó que el envío se canalizará por la misma vía usada en el primer paquete de 3 millones de dólares: productos preenvasados trasladados desde Miami y distribuidos por representantes de parroquias locales. Washington defiende ese método como la forma más segura de impedir que el régimen interfiera, desvíe o politice la entrega.
Lewin elogió además el trabajo de Cáritas, a la que describió como una estructura eficaz para hacer llegar alimentos y otros artículos “puerta por puerta” en varias localidades de la isla. En paralelo, dejó claro que no existen conversaciones con La Habana sobre este asunto específico y que el régimen sigue aferrado a su reflejo habitual: resistirse a admitir la magnitud real de la emergencia y bloquear cualquier canal que no pueda controlar.
La ayuda incluirá alimentos que no requieren refrigeración, como atún, frijoles, arroz y pasta, además de productos de higiene y lámparas solares. Son insumos pensados para una vida sometida al racionamiento, al apagón y a la precariedad energética que el poder cubano ha dejado pudrir durante años. En un país donde el combustible se agota y las centrales eléctricas envejecieron bajo el abandono oficial, cada caja de ayuda expone la ruina de un modelo que destruyó su propia capacidad de sostén.
El Departamento de Estado advirtió que no tolerará interferencias del régimen en la entrega de este apoyo y responsabilizó a La Habana ante Estados Unidos y ante su propio pueblo por cualquier obstáculo. Lewin también criticó la intimidación contra el embajador estadounidense Mike Hemmer, quien ha visto de primera mano cómo se distribuye la ayuda en la isla.
Mientras Washington mueve recursos para aliviar una crisis humanitaria agravada por la incompetencia oficial, Miguel Díaz-Canel volvió a pedir sacrificio y resistencia ante el desabastecimiento agudo de combustible. La frase encaja con la lógica de un régimen que exige aguante infinito a los cubanos mientras no ofrece soluciones reales. Lewin fue más directo: recordó que Cuba lleva años hundida en apagones, con termoeléctricas envejecidas y sin prioridad para el mantenimiento ni para la producción de azúcar, tabaco o níquel, las bases productivas que el castrismo también dejó caer.
El funcionario estadounidense cuestionó además el destino de las ganancias por la reventa de crudo venezolano a Asia y de las reservas del conglomerado militar GAESA. Ahí está una de las claves de la crisis cubana: un aparato de poder que administró privilegios, monopolios y opacidad, mientras condenaba al pueblo a la escasez y ahora intenta culpar a otros de una ruina que nació dentro del propio sistema.

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