El régimen cubano se prepara para meter aún más presión sobre una población castigada por la escasez, esta vez con el racionamiento de la venta de combustible. La medida fue adelantada por el viceprimer ministro Oscar Pérez-Oliva Fraga en medio de una crisis que el propio aparato oficial reconoce como grave y que vuelve a exhibir la fragilidad de un país dependiente del exterior para sostener su vida cotidiana.
Pérez-Oliva habló en televisión después de un Consejo de Ministros extraordinario y dejó claro que el corte no tiene salida inmediata. Dijo que, ante la falta de combustible suficiente, el régimen no puede mantener los niveles de venta de semanas anteriores y que habrá limitaciones para la adquisición. También anunció restricciones en las actividades administrativas fundamentales, que solo operarán de lunes a jueves para ahorrar energía.
La prioridad, según explicó, será reservar el poco combustible disponible para los servicios esenciales, la generación de electricidad, la salud, el agua, la defensa y los sectores que aportan divisas, entre ellos el turismo. La lógica es la misma de siempre: primero el aparato del poder y los renglones que alimentan al régimen; después, el cubano de a pie, condenado a hacer colas, ajustar su rutina y enfrentar otro recorte más en una economía ya triturada.
El propio viceprimer ministro añadió que el régimen facilitará los trámites para que las empresas privadas que puedan importar su propio combustible lo hagan por su cuenta. Esa concesión parcial revela hasta dónde ha llegado la asfixia energética del país, obligada a improvisar salidas mientras mantiene intacto el control político sobre la crisis.
La advertencia llega después de que Miguel Díaz-Canel reconociera que el Gobierno prepara un plan de «desabastecimiento agudo de combustible». El gobernante también confirmó que La Habana no ha importado combustibles desde diciembre y reactivó el viejo fantasma de la «opción cero», el plan de supervivencia de los años noventa pensado para un escenario de cero petróleo.
Aquel guion significaba racionamiento extremo, autosuficiencia alimentaria, tracción animal, carbón vegetal para cocinar y transporte no motorizado. Que el régimen vuelva a poner ese lenguaje sobre la mesa confirma el nivel de deterioro al que ha llevado al país, incapaz de sostener por sí solo la energía que mueve hospitales, transporte, industrias y hogares.
La crisis energética también quedó atada a la presión de Estados Unidos sobre el petróleo venezolano. Washington cerró el flujo de crudo a Cuba el 3 de enero, tras la captura de Nicolás Maduro, y el 29 de enero anunció una orden presidencial para aplicar aranceles a quien suministre combustible a la isla. Cuba, además, necesita importar dos tercios de sus necesidades energéticas.
Expertos citados en el propio material estiman que la isla requiere alrededor de 110.000 barriles diarios para cubrir su demanda, mientras Venezuela le aportó en 2025 unos 30.000. Jorge Piñón, especialista del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, advirtió que, si no llegan nuevos envíos, Cuba estaría para marzo en una grave crisis. El dato retrata un país otra vez al borde del apagón extendido, con un régimen que administra la escasez y un pueblo que paga el costo político y social de décadas de ruina.

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