Cienfuegos recorta servicios por el colapso energético

Cienfuegos quedó sometido a un paquete de restricciones que confirma hasta dónde ha arrastrado el régimen la crisis energética del país. Lo que el Gobierno Provincial presentó como reorganización es, en realidad, la admisión de un derrumbe: menos transporte, salud limitada, horarios reducidos y una vida diaria subordinada al apagón.

La gobernadora Yolexis Rodríguez Armada reunió a organismos clave para anunciar que la atención médica se reducirá a las urgencias, mientras se mantienen servicios vitales como hemodiálisis, oncología y el Programa Materno Infantil. El mensaje es claro: el Estado ya no logra sostener con normalidad el sistema de salud y apenas intenta preservar algunos servicios imprescindibles en medio del colapso.

El golpe más visible cae sobre el transporte. Se suspenden las salidas intermunicipales y rurales, se paraliza el cruce de la bahía mediante patanas y solo quedarán activos diez puntos de embarque dentro del territorio, con horario de seis de la mañana a seis de la tarde. Los vehículos estatales, además, deberán detenerse obligatoriamente en esos puntos para recoger pasajeros, una medida que refuerza el control del Estado sobre una movilidad cada vez más precaria.

Las restricciones alcanzan también a bodegas, comercios y bancos, que funcionarán con horarios reducidos y según la disponibilidad de energía eléctrica. En el caso del pan normado, muchas zonas dependerán de hornos con leña y de una entrega en días alternos. La educación, por su parte, volverá a esquemas ya usados durante la pandemia, con sesiones dobles donde sea posible. Todo queda ajustado al mismo patrón de sobrevivencia que el régimen ha impuesto a la población.

La disposición más brutal resume el rumbo de esta etapa: “cero consumo durante el fin de semana” para los organismos que puedan reorganizar sus servicios de lunes a jueves. El lenguaje oficial intenta presentar disciplina, pero lo que hay detrás es precariedad institucional, apagón prolongado y una administración de la ruina que se quiere vender como solución.

En redes sociales, la respuesta de los cienfuegueros dejó ver hastío y rabia. Un vecino resumió el malestar con una ironía amarga: el pueblo debe ahorrar una energía que no tiene, mientras la inversión del Hotel Jagua sigue adelante. Otros comentarios reclamaron carbón más barato, denunciaron la crisis del gas y exigieron control sobre el combustible que consumen cuadros y dirigentes, protegidos por privilegios que el cubano de a pie no conoce.

También aparecieron denuncias más graves, como la de un camillero en el hospital provincial que habría cobrado 500 pesos por prestar una silla de ruedas a una mujer con parálisis parcial. Ese abuso florece donde el Estado desordena la vida pública y deja al ciudadano expuesto a funcionarios y empleados que convierten la miseria en negocio.

Cienfuegos quedó como espejo de una Cuba hundida en la escasez, donde cada anuncio oficial confirma la misma realidad: el régimen no resuelve la crisis, la reparte. Pide paciencia, disciplina y confianza, pero entrega apagones, recortes, parálisis y un control más duro sobre una población exhausta.

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