El régimen volvió a la televisión para defender un presupuesto presentado como “profundamente social y humanista”, mientras Cuba sigue atrapada en una crisis económica y social de una profundidad que ya desborda la propaganda oficial. La comparecencia dejó el mismo libreto de siempre: elogios al sistema, apelaciones a las “conquistas” y ninguna respuesta sólida sobre cómo se mantendrán los servicios básicos en un país marcado por la escasez, la inflación y el derrumbe de la vida cotidiana.
En la Mesa Redonda, el ministro de Finanzas y Precios, Vladimir Regueiro Ale, insistió en que el presupuesto garantiza el acceso universal y gratuito a la educación, la salud, la seguridad social y la asistencia social, aun bajo el golpe de las sanciones de Estados Unidos. Pero su exposición caminó sobre generalidades y dejó fuera lo que de verdad importa: cifras desagregadas, metas verificables, plazos y medidas concretas para sostener ese relato en medio del deterioro real de la Isla.
El funcionario habló de “acciones” para ratificar el carácter “humanista” del presupuesto, pero nunca bajó al terreno de los hechos. No explicó qué se hará para frenar la caída productiva, cómo se blindarán los hospitales desabastecidos ni de qué manera se sostendrá un transporte público que apenas funciona. En el fondo, la intervención confirmó la distancia cada vez mayor entre el discurso del régimen y la realidad que vive la gente.
Regueiro Ale admitió que sectores como Educación, Educación Superior y Transporte atraviesan procesos de “reordenamiento” y “rediseño de los niveles de actividad”. La fórmula, tan conocida como evasiva, sirve para maquillar recortes y ajustes que el pueblo ya sufre en la práctica diaria. Mientras el ministro promete que los servicios “se garantizan”, la Isla arrastra apagones prolongados, déficit de combustible y una fuga constante de profesionales que vacía escuelas, policlínicos y hospitales.
También reconoció que sostener el gasto social requiere “esfuerzos adicionales”, pero desplazó la carga del control a las unidades administrativas y a los colectivos laborales, sin tocar el centro del problema: un modelo económico agotado, incapaz de producir y cada vez más dependiente de parches. El régimen pide disciplina, pero sigue sin ofrecer eficiencia, transparencia ni capacidad real de respuesta.
En vez de alivio, el ministro defendió el ahorro, las postergaciones de gastos “no imprescindibles” y una mayor racionalidad presupuestaria. Esa consigna puede sonar ordenada desde un estudio de televisión, pero en la calle significa más presión sobre servicios ya debilitados. El propio funcionario no aclaró qué partidas serán recortadas ni cómo evitará que esas demoras agraven la contracción de los servicios públicos.
La otra apuesta del régimen fue repetir que el presupuesto reorienta recursos hacia actividades productivas estratégicas, en especial el fondo para el desarrollo agropecuario. Otra vez, ninguna precisión útil: ni montos, ni resultados, ni impacto en la disponibilidad de alimentos, que sigue siendo uno de los grandes puntos de irritación social en Cuba. El discurso oficial promete dirección económica, pero la mesa del cubano común sigue vacía.
Uno de los pocos datos concretos mencionados fue el incremento parcial de las pensiones, respaldado con más de 20.000 millones de pesos en 2026. Regueiro Ale admitió que esa subida “no da la solución total”, una confesión que describe por sí sola el fracaso de las respuestas oficiales frente al costo de la vida. Con inflación persistente y precios desbocados, cualquier ajuste parcial queda absorbido de inmediato por la miseria cotidiana.
Ante la caída de algunos niveles productivos, el ministro insistió además en reforzar la captación de ingresos mediante mayor disciplina tributaria. El régimen vuelve así a cargar sobre contribuyentes y actores económicos una parte mayor del peso fiscal, mientras sigue sin resolver la falta de insumos, financiamiento y mercado. La receta es vieja: más control, más vigilancia y más presión sobre una economía ya asfixiada.
Regueiro Ale también destacó proyectos locales de energías renovables con incentivos fiscales y participación del sector no estatal, presentados como apoyo a los servicios sociales. Pero tampoco ahí hubo una evaluación seria del alcance real de esas iniciativas frente a la emergencia energética nacional. En materia de precios, reconoció irregularidades y llamó a fortalecer mecanismos de concertación y participación popular, otra fórmula repetida durante años que nunca ha frenado la inflación ni el mercado informal.
La comparecencia terminó como suelen terminar las intervenciones oficiales del régimen: con más consignas que respuestas. Se habló de protección social, de filosofía del proyecto y de conquistas de la Revolución, mientras el país real sigue hundido en apagones, escasez de alimentos, salarios pulverizados y un éxodo que vacía hogares enteros. La televisión oficial intenta vender estabilidad; la calle cubana muestra otra cosa.

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