Cuba pierde combustible para sus aeropuertos y la FAA lanza la alerta

La crisis de combustible en Cuba ya golpea de frente a sus aeropuertos internacionales. La Administración Federal de Aviación de Estados Unidos avisó que, entre el 10 de febrero y el 10 de marzo, las principales terminales de la isla no contarán con Jet A1, el carburante indispensable para las operaciones comerciales de las aeronaves.

La advertencia alcanza a los aeropuertos de La Habana, Varadero, Holguín, Santa Clara, Cayo Coco, Camagüey, Cienfuegos, Santiago de Cuba y Manzanillo. La propia FAA difundió el dato a través de nueve NOTAM, los avisos oficiales que reciben operadores y pilotos para ajustar rutas, escalas y planes de abastecimiento. El mensaje es claro: durante ese periodo, la conectividad aérea con Cuba queda bajo una presión severa por falta total de combustible.

Detrás de esa alerta hay una realidad que el régimen lleva años maquillando con propaganda y excusas. La isla arrastra un desabastecimiento crónico de combustibles, agravado por la suspensión reciente de entregas de hidrocarburos desde Venezuela, su principal proveedor externo. La caída de ese suministro dejó al descubierto hasta qué punto la economía cubana depende de fuentes externas para sostener servicios básicos y sectores estratégicos.

La propia información difundida por la FAA coincide con el reconocimiento tardío de La Habana. Miguel Díaz-Canel admitió tres días antes que la crisis se había agravado y anunció un paquete de medidas para enfrentar el agotamiento del combustible. El régimen volvió a apuntar al embargo energético de Estados Unidos y a la presión sobre países que comercien productos derivados del petróleo con la isla, pero el dato central sigue siendo el mismo: Cuba se quedó sin margen para sostener su red aeroportuaria con recursos propios.

Mientras tanto, el gobierno cubano depende de paliativos externos para contener el deterioro. China envió en enero un paquete financiero de unos 68 millones de euros y 60.000 toneladas de arroz. México también aportó dos buques de su Armada con 800 toneladas de suministros y abrió la puerta a un canal humanitario para el envío de combustible, aunque esas gestiones no han dado fruto. Estados Unidos, por su parte, aprobó más de cinco millones de euros en ayuda humanitaria canalizada por la Iglesia Católica, una asistencia que el régimen descalificó como «groseramente oportunista».

La falta de Jet A1 no solo compromete vuelos comerciales. También amenaza la entrada de visitantes, encarece la logística de las aerolíneas y mete otra carga sobre una economía cubana ya asfixiada por la dependencia energética y la escasez. La alerta de la FAA deja al desnudo un país que ni siquiera logra asegurar el combustible para sus principales aeropuertos, mientras el poder insiste en culpar a otros y evade su responsabilidad en el desastre.

En esa imagen se resume buena parte del colapso cubano: terminales aéreas sin carburante, operadores obligados a rehacer planes y un régimen que responde tarde, mal y con propaganda. La crisis energética dejó de ser un problema de apagones o de colas; ya alcanza la conectividad internacional y confirma la fragilidad de un sistema que vive de parches, dependencia y control político.

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