El jefe de la misión de Estados Unidos en Cuba, Mike Hammer, sugirió que Washington conversa con figuras muy altas del régimen y dejó abierta la posibilidad de que en la Isla exista una pieza similar a la que representó Delcy Rodríguez en Venezuela. Sin dar nombres ni confirmar un canal concreto, el diplomático admitió que hay mensajes que se mueven fuera de la propaganda oficial y que la cúpula cubana no controla del todo lo que se discute a puerta cerrada.
Hammer lo dijo en una entrevista con Telemundo, cuando respondió a la pregunta directa sobre quién podría ocupar ese papel en Cuba. Su reacción, breve pero reveladora, confirma que Estados Unidos mira de cerca las fisuras del poder en La Habana y que en el régimen conviven la negación pública y las conversaciones discretas. Esa doble vía dice mucho de una estructura política que presume unanimidad mientras se agrieta por dentro.
La comparación con Venezuela no fue casual. Hammer tomó ese ejemplo para describir un proceso de cambio que puede empezar desde los mismos niveles del poder, en un sistema que intenta esconder sus movimientos internos hasta que ya no puede sostener el relato. En Cuba, donde el castrismo vive de controlar cada mensaje, la sola insinuación de contactos reservados expone la debilidad de una dirigencia que necesita aparentar firmeza mientras pierde oxígeno político y social.
La entrevista también dejó otro mensaje incómodo para el régimen: la crisis cubana ya no se puede maquillar con consignas. Hammer habló de una infraestructura energética colapsada, de apagones, de caída del turismo, de escasez, de transporte destruido y de una migración masiva que vacía el país. A eso sumó la represión política, la falta de libertades y el uso de recursos para sostener la maquinaria de control estatal en vez de aliviar la vida de la gente.
El contraste que describió es brutal y resume la lógica del poder en Cuba: combustible y vehículos para la Policía, oscuridad y precariedad para la población. Ahí está una de las responsabilidades más graves del régimen, que protege antes el aparato represivo que a los cubanos que pasan horas sin electricidad, con salarios hundidos y sin salida dentro del país. La frase de Hammer sobre el problema de fondo apunta justo a eso: no hay un déficit de intercambio comercial, hay una decisión política de priorizar el control sobre la vida.
Hammer además insistió en que la situación no es sostenible y aventuró que en 2026 podría haber un cambio. Más allá del calendario, su declaración confirma algo que en La Habana tratan de disimular desde hace años: el modelo está agotado y la crisis se ha vuelto estructural. Cuando un jefe diplomático habla de conversaciones con la cúpula y de un sistema que se sostiene a duras penas, queda expuesto el desgaste real del régimen y la distancia cada vez mayor entre su discurso y la calle cubana.

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