Comprar pescado en Cuba sigue siendo una carrera de obstáculos marcada por el precio, la escasez y las prohibiciones. Una cubana lo dejó al desnudo en TikTok al mostrar que consiguió apenas 10 libras por 3.000 pesos, una cifra que resume hasta dónde ha llevado el régimen a un alimento que antes formaba parte natural de la mesa.
El dato pesa más que el video. En un país rodeado de mar, el acceso al pescado depende de licencias, permisos y una cadena de restricciones que deja a la mayoría mirando desde afuera. La población no puede pescar libremente, y especies como el camarón y la langosta quedan prácticamente fuera del alcance del consumo nacional porque van a la exportación o al turismo, dos prioridades del sistema por encima del cubano común.
Ese desbalance explica por qué un producto básico termina convertido en artículo de lujo. La propia denunciante señaló que parte del pescado aparece en tiendas donde se paga en dólares, una moneda fuera del bolsillo de la mayoría. Así, el régimen no solo encarece la comida: la reparte por capas, separando a quienes tienen acceso a divisas de quienes sobreviven con salarios hundidos en pesos sin valor real.
La realidad cambia un poco en los municipios costeros, donde el contacto con pescadores locales abre alguna puerta más. Pero incluso ahí la oferta es irregular y limitada. Para los que viven lejos del mar, la comida llega con más trabas todavía, y muchas veces depende de vendedores privados autorizados por el propio gobierno, cuando aparece algo y cuando alcanza para venderlo.
La escena retrata una crisis que ya no admite maquillaje. Cuba tiene mar por todos lados y, aun así, el pescado escasea, cuesta caro y se maneja como privilegio. El problema responde a un modelo económico y político que controla la producción, limita la libertad de trabajo y convierte la alimentación en otra muestra del fracaso del régimen frente a la vida diaria de los cubanos.

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