La Casa Blanca subió este miércoles la presión sobre Cuba al exigir “cambios drásticos muy pronto” y al describir al régimen como una estructura en caída, mientras la isla sigue hundida en su peor crisis energética en más de siete décadas. El mensaje de Washington llega en un momento de apagones, colapso económico y deterioro social que ya golpea la vida diaria de millones de cubanos.
La portavoz Karoline Leavitt fue directa al decir que el régimen “está cayendo” y que el país “se está derrumbando”. Sus palabras colocaron otra vez en el centro del debate la fragilidad del poder en La Habana y el costo humano de una crisis que el castrismo no logra contener. En la misma comparecencia, dejó claro que lo que busca la administración Trump es una transición hacia una democracia libre, aunque sin precisar por ahora qué pasos concretos seguirá Washington.
El giro coincide con una ofensiva más amplia de la Casa Blanca contra los gobiernos que sostienen a la isla con petróleo. La orden ejecutiva firmada por Trump el 29 de enero activó aranceles adicionales contra países que envíen combustible a Cuba, una jugada que cortó aún más el acceso de La Habana a sus suministros energéticos. A eso se sumó la interrupción del crudo venezolano tras la captura de Nicolás Maduro en enero, lo que dejó al régimen con menos margen para sostener el sistema eléctrico y el transporte.
El golpe energético ya se siente en todos los rincones del país. Los apagones llegan hasta 12 horas diarias en algunas zonas, el transporte público opera a mínimos y varias aerolíneas internacionales, entre ellas Air Canada, suspendieron vuelos por la imposibilidad de reabastecerse de combustible en la isla. La respuesta del gobierno de Miguel Díaz-Canel ha sido una cadena de medidas de emergencia que revelan más improvisación que capacidad de mando: teletrabajo obligatorio, semana laboral reducida a cuatro días y clases semipresenciales en universidades.
El cuadro es todavía más grave por sus efectos sobre servicios esenciales. Naciones Unidas advirtió que la falta de electricidad compromete salud, agua y alimentos. Más del 80% de los equipos de bombeo dependen de energía eléctrica, de modo que el acceso al agua potable queda en riesgo en barrios enteros. También se complican las unidades de cuidados intensivos, las salas de emergencia y la conservación de vacunas, sangre y medicamentos sensibles a la temperatura. En un país donde el sistema sanitario ya arrastra décadas de desgaste, el apagón prolongado se convierte en una amenaza directa para la vida.
Mientras La Habana insiste en que no negocia con Washington, se multiplican los contactos por fuera de los canales oficiales. Axios reveló que Marco Rubio mantiene conversaciones secretas con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro y su actual cuidador. Fuentes de la administración Trump describieron esos contactos como “sorprendentemente amistosos” y centrados en el futuro de la isla. Para Washington, Raúl Castro sigue siendo el verdadero hombre fuerte del poder cubano, por encima de Díaz-Canel, una lectura que confirma hasta qué punto el aparato castrista depende todavía del núcleo histórico de la familia gobernante.
El detalle no es menor. Rodríguez Castro fue guardaespaldas de su abuelo y mantiene vínculos con GAESA, el conglomerado militar-empresarial que controla amplios sectores de la economía cubana. Esa conexión vuelve a mostrar la mezcla de poder político, control económico y privilegio familiar que ha sostenido al régimen durante décadas, incluso mientras la población carga con la escasez, los apagones y el deterioro de los servicios básicos.
La referencia a Cuba como un país al borde del colapso no sale de la nada. La crisis actual ha paralizado la cotidianidad, empujado a la isla a una nueva zona de dependencia y dejado al descubierto la incapacidad del castrismo para gobernar sin crisis permanente. La comparación con el Período Especial resulta inevitable, pero con una diferencia decisiva: esta vez el derrumbe ocurre sobre una economía que nunca logró recuperarse por completo de aquella ruina y que sigue atrapada en el mismo modelo político que la hundió.

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