Embajador del régimen admite el colapso económico de Cuba

El embajador permanente del régimen cubano ante la ONU, Ernesto Soberón Guzmán, salió a decir que la Isla está “preparada” para un “bloqueo completo” de Estados Unidos, mientras reconocía en la misma entrevista el deterioro brutal de la economía, la caída del PIB y la pérdida de población. El mensaje oficial intenta vender resistencia; los datos que él mismo pone sobre la mesa describen otra cosa: un país exhausto, con servicios esenciales en ruinas y sin capacidad real para sostener la vida cotidiana.

Soberón habló de una estrategia de Washington para debilitar a Cuba y provocar descontento social, y dijo que La Habana no contempla rendirse. Pero detrás de esa retórica aparece la confesión más incómoda para el poder: en cinco años, Cuba ha perdido cerca del 15% de su PIB y más del 20% de su población, según sus propias palabras. Ningún discurso sobre soberanía tapa ese desangre económico y humano.

La crisis energética que arrastra el país ya se traduce en apagones prolongados, vuelos cancelados y daños directos al transporte, los hospitales y la recogida de basura. Ese cuadro golpea al turismo, rompe la logística interna y deja al cubano común cargando el peso de un modelo incapaz de garantizar servicios básicos. El régimen lleva años trasladando sus fallas estructurales al lenguaje de la resistencia, pero la realidad diaria es la de una economía al límite.

El funcionario también insistió en que Cuba trabaja en energías renovables y en la refinación de crudo pesado para sostener la generación eléctrica. Esa línea de defensa confirma la precariedad del sistema: la isla depende de soluciones de emergencia para sobrevivir mientras se hunde en una crisis que ya no puede maquillar con propaganda ni con llamados a la disciplina revolucionaria.

En el terreno diplomático, Soberón repitió la vieja fórmula del castrismo: diálogo con Estados Unidos, pero sin condiciones y sin aceptar imposiciones. También denunció presiones sobre otras fuentes de ingresos, como la cooperación médica internacional, que La Habana ha usado durante años como válvula económica y herramienta política. El problema de fondo sigue siendo el mismo: el régimen quiere beneficios externos mientras preserva intacto el control interno y evade responsabilidades por el desastre acumulado.

La entrevista deja una certeza que el poder no logra ocultar. Cuando un alto representante de la dictadura habla de resistencia y soberanía, en realidad está admitiendo que el país sobrevive entre apagones, escasez, éxodo y deterioro social. Cuba no está ante una simple presión externa; está atrapada en las consecuencias de un modelo que destruyó su economía y vació su futuro.

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