El régimen cubano empezó a preparar un cambio que golpeará de frente el bolsillo de millones de familias: a partir de abril, la canasta familiar normada dejará de sostenerse sobre el subsidio a los productos y pasará a un esquema centrado en las personas. La decisión fue anunciada este 17 de febrero en una sesión del Consejo de la Administración Municipal de Cotorro, en La Habana, encabezada por la gobernadora Yanet Hernández Pérez.
La novedad tiene una consecuencia inmediata que la población entiende sin rodeos: los artículos de la libreta dejarán de venderse al precio subsidiado de siempre para todos por igual y pasarán a ofrecerse a valores distintos, más altos que los actuales. El apoyo estatal, según la explicación oficial, se moverá hacia determinados ciudadanos, aunque todavía no se ha dicho cómo se escogerán los beneficiarios ni qué mecanismo usará el Estado para compensarlos.
Ese silencio es parte del problema. El régimen anuncia una transformación profunda del sistema de abastecimiento sin explicar con claridad quién quedará protegido y quién terminará pagando más por alimentos básicos. En un país donde la escasez aprieta cada día más, cualquier cambio en la libreta se siente de inmediato en la mesa de la casa y en el presupuesto de quienes sobreviven con salarios que no alcanzan.
La medida también revela hasta dónde ha llegado el deterioro del modelo económico cubano. Durante décadas, la libreta sostuvo precios simbólicos para productos esenciales, aunque de forma insuficiente y cada vez más limitada. Ahora el propio sistema admite que ya no puede sostener ese esquema y empuja la carga hacia la población, mientras reserva un respaldo parcial y todavía indefinido para unos pocos.
En el mismo encuentro, las autoridades insistieron en eliminar tierras ociosas y acelerar su entrega para aumentar la producción de alimentos, en cumplimiento de la Ley de Soberanía Alimentaria. La gobernadora llamó a no dejar “un pedacito de tierra sin cultivar”, en medio de la falta de combustible y de los problemas para el acarreo de leche, señales claras de un aparato productivo roto y sin capacidad de respuesta.
El paquete de medidas exhibe, además, la improvisación con que el régimen intenta administrar la crisis. Mientras promete una redistribución del subsidio, también empuja soluciones de emergencia como cocinar pan con leña, producir carbón e instalar paneles solares en hogares de ancianos, policlínicos y sucursales bancarias. Son parches para tapar un colapso que no se resuelve con discursos ni con órdenes administrativas.
Para la familia cubana, el anuncio significa una cosa muy concreta: más incertidumbre y menos protección. La libreta, ya golpeada por la escasez y el desabastecimiento, entra ahora en una etapa nueva en la que el costo real de los alimentos básicos dependerá de una estructura estatal opaca, diseñada desde arriba y sin rendición de cuentas. El régimen vuelve a tocar el plato del cubano común para corregir, con más presión sobre la gente, el fracaso que él mismo creó.

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