Barnet y el poder: 60 años de un libro útil al régimen

La Habana volvió a colocar a Miguel Barnet en el centro de un homenaje oficial este 25 de febrero, cuando la capital celebró los 60 años de Biografía de un cimarrón con un fórum teórico en el que participaron el autor y varias de las figuras más visibles de la cultura oficial. La jornada dejó una señal clara: el régimen prefirió exaltar la utilidad política del libro antes que su valor literario.

Ese énfasis importa porque confirma cómo el castrismo ha domesticado una obra nacida como testimonio para convertirla en pieza de su discurso. Publicado en 1966 por el Instituto de Etnología y Folklore de la Academia de Ciencias de Cuba, el libro fue durante años uno de los más leídos en la isla, reeditado decenas de veces y traducido a varios idiomas. La cultura oficial lo elevó a emblema mientras lo acomodaba a su batalla contra la llamada “colonización cultural”.

Biografía de un cimarrón salió de las entrevistas que Barnet sostuvo con Esteban Montejo, un hombre que había sido esclavo, cimarrón y mambí y que, con 106 años, vivía en el Hogar de Veteranos de la Avenida Acosta, en La Víbora. Barnet tenía 26 años cuando dio con él, tras seguir la pista de un artículo periodístico sobre dos cubanos centenarios. El encuentro arrancó con recelo, pero el etnólogo fue ganando confianza con tabacos y pequeños obsequios hasta lograr seis entrevistas, cada una de varias horas.

En esa construcción está también la marca política del texto. Barnet recogió la voz de Montejo y la filtró por el clima cultural de la época, reforzando la antipatía hacia los norteamericanos, la militancia en el Partido Socialista Popular y la identificación con la revolución de Fidel Castro. El cierre, con la frase de seguir dispuesto a luchar “machete en mano”, quedó alineado con el relato que el poder necesitaba promover.

El contexto de aparición del libro favoreció esa clase de obras. Eran los años de las novelas-testimonio, de los relatos metaficcionales y de la exaltación de voces populares. Oscar Lewis había publicado Los hijos de Sánchez; Casa de las Américas difundía testimonios de guerrilleros, favelados y exhabitantes de Las Yaguas; y el ICAIC llenaba la pantalla con películas sobre esclavos y mambises. El régimen supo aprovechar esa moda y más tarde la convirtió en doctrina cultural.

La sobrevaloración oficial de Biografía de un cimarrón también dice mucho del control político sobre la cultura. Mientras se le presentó como obra fundacional para estudiar la esclavitud y las religiones afrocubanas, quedaron por debajo trabajos de mayor peso como El Ingenio, de Manuel Moreno Fraginals, o El Monte, de Lydia Cabrera. El aparato cultural eligió el libro más útil para su narrativa y sostuvo esa jerarquía durante años.

La relación de Barnet con la ortodoxia tampoco fue lineal. Cuando publicó Canción de Rachel, a las puertas del Decenio Gris, la crítica oficial reaccionó con molestia ante una novela centrada en una corista del período republicano, considerada frívola y decadente. Su paso por Ediciones El Puente y unos modales poco compatibles con la rigidez del momento casi lo empujaron al ostracismo.

La rehabilitación llegó después de las muestras de incondicionalidad que el sistema exige y recompensa. Barnet terminó convertido en intelectual orgánico del poder, miembro del Comité Central del Partido Comunista, del Consejo de Estado, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Su carrera quedó atada a la lógica de una cultura vigilada desde arriba, donde la consagración depende tanto del talento como de la obediencia.

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