La FAO advirtió que la crisis de combustible en Cuba está golpeando con fuerza la agricultura y, con ella, el abastecimiento de alimentos en una isla donde la escasez ya manda en la mesa de las familias. El aviso confirma que el deterioro energético del país sigue estrangulando al campo y empujando la producción hacia una parálisis cada vez más visible.
Sin combustible, se frenan la siembra, la cosecha, el traslado de mercancías y la distribución. Ese encadenamiento de fallos se siente después en los mercados, en los precios y en la comida que falta. El campo cubano depende de una logística que el régimen no consigue sostener, y cada rotura en esa cadena termina pasando la factura a la población.
La advertencia también deja al desnudo la responsabilidad política de un sistema que ha convertido la escasez en rutina. El problema no se queda en un apuro de abastecimiento; revela una economía incapaz de garantizar insumos básicos para producir alimentos y de organizar una respuesta estable para un sector que debería ser prioridad nacional.
La agricultura cubana vuelve a quedar atrapada entre la falta de combustible, la mala gestión y el abandono productivo. Mientras el régimen no resuelva esa base material, la crisis alimentaria seguirá profundizándose y el cubano común seguirá pagando más caro el resultado de un modelo que fracasa en lo esencial.

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