La Habana volvió a salir a las calles con cacerolas mientras la Unión Eléctrica estatal anunciaba la avería de otra unidad termoeléctrica. La protesta estalló en medio de apagones que castigan a la capital y que el régimen sigue tratando como una rutina más, aunque ya golpean de frente la vida diaria de miles de familias.
El sonido de las cazuelas dejó claro que el malestar acumulado ya no se queda en la casa. Cuando la electricidad falla una y otra vez, falla también la comida, el descanso y la posibilidad de vivir con un mínimo de orden. En ese punto, la queja deja de ser un desahogo y se convierte en respuesta abierta al abandono oficial.
La avería anunciada por la empresa estatal expuso otra vez la fragilidad de un sistema eléctrico sostenido a fuerza de remiendos, explicaciones tardías y promesas vacías. El régimen administra el apagón como si fuera parte natural de la vida cubana, pero la calle respondió con un mensaje difícil de ocultar: el hartazgo alcanzó la capital.
Lo ocurrido en La Habana revela el desgaste político de un modelo que no logra garantizar ni lo básico. La protesta contra los apagones deja al descubierto un país sometido al fracaso energético y a la improvisación permanente, con ciudadanos obligados a cargar el costo de un Estado que no resuelve y solo exige resistencia.

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