La retirada de un artículo sobre Irán de una web cubana dejó otra vez al desnudo la censura que marca a los medios sometidos al control político en la isla. El texto desapareció y quedó apenas un rastro mínimo, suficiente para confirmar que alguien decidió borrar antes que dar explicaciones.
El episodio importa porque exhibe cómo funcionan muchos espacios ligados al oficialismo: publican mientras no incomoden y corrigen o eliminan contenido cuando aparece la presión de arriba. Ese método destruye la credibilidad de cualquier redacción y condena al lector a una información recortada, vigilada y administrada desde el poder.
En Cuba, donde el régimen ha hecho de la censura una herramienta de gobierno, una retirada así encaja en una práctica conocida por cualquiera que siga la prensa oficial o sus alrededores. Lo que se aparta de la línea aceptada desaparece sin transparencia y sin debate, como si la información fuera propiedad del aparato y no un derecho del público.
La consecuencia inmediata es doble: se pierde el contenido y se confirma la fragilidad de una prensa que no decide por sí misma. En ese terreno, la libertad de informar sigue dependiendo de la voluntad del régimen, y la audiencia queda otra vez frente a una versión mutilada de los hechos.

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