La salida de Nicolás Maduro del poder dejó al régimen cubano con un golpe político que no puede ocultar del todo: perdió al socio que durante años sostuvo su influencia en Venezuela y alimentó su relato de fortaleza regional. La prensa oficial reaccionó como siempre, con propaganda a la medida del castrismo, tratando de convertir una derrota en gesto de resistencia.
Desde el 3 de enero, Cubadebate, Prensa Latina y Granma repitieron el mismo libreto: agresión imperialista, soberanía herida y defensa cerrada de Maduro. En esa versión, la captura de Maduro y Cilia Flores por fuerzas estadounidenses fue presentada como un secuestro ilegal, mientras la muerte de decenas de personas, entre ellas 32 cubanos vinculados a organismos de seguridad, fue usada para levantar un duelo patriótico conveniente para La Habana.
Esa línea editorial dice más de Cuba que de Venezuela. El castrismo dependió durante años del petróleo, los pagos por servicios profesionales, las exportaciones y los manejos opacos de dinero que salían de Caracas para sostener su economía política de subsistencia. Cuando ese andamiaje se rompe, La Habana pierde recursos y también pierde una pieza esencial de su propaganda, la idea de un bloque bolivariano sólido y disciplinado.
Lejos de reconocer la magnitud del revés, los medios estatales cubanos se dedicaron a retorcer el panorama. Presentaron a Delcy Rodríguez como continuidad legítima, no como una figura empujada por la crisis. También silenciaron la visita del jefe de la CIA a Caracas y pasaron por alto los cambios que comenzaron a desmontar la presencia cubana en territorio venezolano.
La cobertura oficial siguió el mismo patrón con las decisiones de la nueva conducción venezolana. La Habana celebró reuniones con funcionarios estadounidenses, acuerdos energéticos, liberaciones de presos políticos, medidas económicas y anuncios sobre salud, crédito a mujeres emprendedoras, minería y tierra comunal como si fueran pruebas de soberanía intacta. En realidad, la propia secuencia de hechos muestra otra cosa: un gobierno presionado a moverse, a negociar y a ajustar su discurso para sobrevivir.
La retirada de personal cubano de Venezuela terminó de desnudar esa relación. La salida de asesores de seguridad y de médicos, bajo la presión descrita por fuentes externas, golpea de lleno la capacidad de La Habana para extender su control más allá de la isla. También deja a la vista el precio de haber apostado durante años a una alianza que servía al castrismo como válvula de escape frente a su propio fracaso interno.
Lo que intenta vender la prensa oficial es una continuidad heroica; lo que muestran los hechos es un retroceso. Venezuela fue por mucho tiempo la gran tabla de salvación del régimen cubano. Con Maduro fuera del tablero y la alianza debilitada, La Habana queda obligada a defender un relato cada vez más frágil, basado en silencio, omisión y propaganda.
Ese reflejo es conocido por los cubanos: cuando el régimen pierde terreno, no rectifica, disfraza. Cuando la realidad lo desmiente, aprieta la censura y sube el volumen del aparato oficial para hacer pasar la derrota por victoria. La caída de Maduro no solo golpea a Caracas; también deja al castrismo con menos recursos, menos influencia y más necesidad de mentir.

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