El régimen cubano volvió a cerrar filas este martes con un discurso de confrontación para responder a Donald Trump y Marco Rubio, mientras la crisis económica y energética sigue apretando en la isla y dejando al descubierto la debilidad de su poder real.
La primera réplica salió de Carlos Fernández de Cossío, viceministro de Relaciones Exteriores, que en X acusó a Washington de sostener una “guerra económica despiadada” contra Cuba y de usarla como excusa para amenazas mayores. En su mensaje, el funcionario intentó colocar al régimen en el papel de víctima de una agresión externa, repitiendo la vieja coartada del bloqueo para tapar el desastre interno.
Desde Washington, Rubio apuntó al centro del problema: dijo que la economía cubana no funciona y que quienes mandan en la isla no saben cómo arreglarla. También defendió un relevo en la cúpula al plantear que hace falta “gente nueva al mando”, una frase que golpea de frente la continuidad del aparato político que ha llevado al país a este punto.
Trump, por su parte, confirmó que existen conversaciones en curso con La Habana y aseguró que podrían dar resultados pronto. Antes ya había descrito a Cuba como una “nación fallida”, una definición dura que encaja con la realidad que viven millones de cubanos entre apagones masivos, escasez y una crisis energética agravada por la interrupción del suministro de petróleo venezolano.
La respuesta oficial vuelve a insistir en la hostilidad de Estados Unidos, pero el deterioro de la vida en Cuba nace dentro de la isla. La falta de combustible, la parálisis productiva y el colapso de servicios básicos responden al fracaso acumulado de un sistema que ha vaciado al país y trasladado cada costo de su incompetencia sobre la población.
En medio de esas declaraciones cruzadas, la verdad que queda al desnudo es incómoda para el régimen: mientras intenta vender resistencia política, los cubanos siguen pagando con apagones, hambre y escasez el precio de una dirigencia que no resuelve nada y solo sobrevive administrando la crisis.

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