Duannis Dabel León Taboada, un preso político de 24 años, terminó su huelga de hambre de 12 días en el Combinado del Este y el régimen cubano respondió con el reflejo de siempre: castigo, aislamiento y desprecio por la vida de un joven que ya había llevado su cuerpo al límite para denunciar su situación.
Su madre, Jenni M. Taboada, confirmó que lo trasladaron a una celda de castigo poco después de la visita en la que logró verlo tras varios días de presión frente a la cárcel. La noticia desató su indignación en redes sociales, donde dejó clara la angustia de una familia que ha tenido que pelear hasta por el derecho elemental de verlo con vida.
Duannis había deponido el ayuno luego de que sus familiares, especialmente su madre, le pidieran que cuidara su salud sin renunciar a su reclamo de justicia. Activistas que siguen el caso resumieron ese momento con una frase que retrata la dimensión humana y política del expediente: el joven sigue exigiendo libertad, aunque haya aceptado salir de la huelga para sobrevivir.
La reacción del aparato penitenciario fue la represalia. En vez de atender el deterioro físico del preso, el régimen lo mandó a una celda de aislamiento como medida disciplinaria. Ese mecanismo, repetido contra opositores y presos de conciencia, busca quebrar la voluntad de quien protesta y mandar un mensaje de terror a los demás reclusos y a sus familias.
Durante la huelga, Duannis fue hospitalizado en la enfermería del penal y llegó a estar en estado crítico. La familia también denunció que un guardia lo intimidó con un bate de béisbol para obligarlo a abandonar el ayuno, un episodio que encaja con la brutalidad cotidiana del sistema carcelario cubano.
Su condena a 14 años de prisión por participar en las protestas del 11J sigue siendo el trasfondo de este nuevo abuso. El caso de Duannis vuelve a mostrar cómo el régimen convierte la cárcel en instrumento de castigo político y cómo persigue incluso los gestos desesperados de quienes se aferran a la protesta como única vía para ser escuchados.

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