Con el dólar en 500 pesos en el mercado informal, el régimen vuelve a exhibir una economía deformada por el control político, la improvisación y la manipulación. La caída del peso cubano deja a la vista una realidad brutal: la mayoría de los cubanos cobra en una moneda sin valor, mientras casi todos los productos básicos se venden en divisas.
Desde el poder y sus altavoces digitales se intenta maquillar la escalada con propaganda y perfiles falsos. La versión oficial choca con los precios de la calle, con la escasez y con un mercado cambiario que nunca termina de convertirse en un mecanismo formal, realista y transparente. El desorden le conviene al régimen, porque le permite mover el tablero a su antojo y cargar sobre la población el costo de sus decisiones.
En ese mismo escenario aparecen las mipymes, presentadas por algunos como salvación económica mientras evitan señalar a quienes las ahogan con impuestos, trabas, topes de precios y campañas de descrédito. El discurso oficial las usa cuando le sirve y las deja expuestas cuando estorban. Buena parte de esos negocios ha sobrevivido dentro de un esquema de privilegios, controles y complicidades que el régimen administra según su conveniencia.
También pesa la especulación tolerada desde arriba. Cuando el dólar baja de forma artificial, ciertos operadores aprovechan el movimiento; cuando sube de nuevo, la factura la paga el cubano de a pie. El mercado informal de divisas funciona bajo la sombra de los mismos mecanismos que el régimen ha demorado durante años para impedir un mercado formal y creíble.
La fractura es más profunda que una cotización alta. Cuba vive una economía donde casi todo depende de divisas, pero los salarios siguen atrapados en pesos vacíos. Esa separación castiga a las familias, encarece cada compra y sostiene el relato de un país arruinado que el propio poder utiliza para mendigar ayudas externas mientras alimenta su maquinaria de control.
Las mipymes, además, desmontan con su actividad el cuento del bloqueo como explicación total. Importan alimentos, medicinas, autos y otras mercancías, y con eso exponen el fracaso de un modelo que vive de la escasez, la dependencia y la opacidad. Por eso resultan incómodas para una cúpula que prefiere administrar la penuria antes que abrir espacio a una economía real.
En medio de una crisis sanitaria y meteorológica que amenaza con golpear todavía más a la Isla, la prioridad del régimen sigue siendo la misma: preservar el control y sacar provecho del deterioro. Menos mipymes, más dependencia y más miseria organizada. Esa es la lógica que termina pagando el pueblo mientras la ruina se convierte en método de gobierno.
El dólar llegó a 500 pesos en el mercado informal mientras el régimen mantiene salarios en pesos vacíos, presiona a las mipymes y profundiza la crisis cubana.[8][

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