La UNE admite que el huracán Melissa agravará los apagones

La Unión Eléctrica de Cuba dejó en el aire este martes cualquier pronóstico sobre las afectaciones eléctricas que traerá el huracán Melissa. La empresa estatal admitió que la magnitud de los apagones dependerá del comportamiento de la disponibilidad y la demanda en las provincias orientales, en un país que ya vive bajo un colapso eléctrico sostenido y sin margen de maniobra.

El parte técnico confirmó la magnitud de la crisis: a las seis de la mañana, la disponibilidad del Sistema Eléctrico Nacional era de 1.574 MW frente a una demanda de 2.635 MW, para un déficit de 1.099 MW. En el horario pico, la afectación podía subir hasta 1.200 MW. La UNE, sin embargo, prefirió suspender el pronóstico antes que reconocer con claridad que el sistema entra roto a una emergencia meteorológica de gran intensidad.

La realidad detrás de esas cifras es la misma de siempre: averías, mantenimientos y falta de combustible sostienen una red eléctrica que hace tiempo perdió capacidad de respuesta. La propia información oficial señala la salida de servicio de la Unidad 3 de la CTE Carlos Manuel de Céspedes, en Cienfuegos, y la Unidad 2 de la CTE Felton, en Holguín. También figuran fuera de operación por mantenimiento las unidades 2 y 4 de Santa Cruz del Norte y Carlos Manuel de Céspedes, además de la Unidad 6 de Diez de Octubre, en Nuevitas.

A eso se suman 513 MW fuera de servicio por limitaciones térmicas y 711 MW paralizados por falta de combustible y lubricante. Esa cifra desnuda la insolvencia del régimen para sostener la generación mínima, incluso cuando el país entra en una jornada marcada por la amenaza de un huracán y por la necesidad de proteger a la población. El sistema eléctrico cubano no soporta la presión del clima porque lleva años hundido por abandono, desidia y mala gestión.

La Empresa Eléctrica de La Habana también reconoció que el servicio se afectó durante todo el lunes y que no ha logrado restablecerse por completo. La afectación máxima llegó a 162 MW a las 9:40 p.m., y todavía quedaban 84 MW fuera de servicio. La propia entidad admitió que no pudo cumplir los horarios planificados por la baja disponibilidad del SEN, otra confesión indirecta del desorden que domina la vida cotidiana en la capital y en toda la isla.

Mientras tanto, desde varias provincias se multiplican las denuncias por apagones prolongados, falta de alimentos y ausencia de información clara. Vecinos de Santiago de Cuba, Holguín, Las Tunas y Granma describen una situación crítica; en el centro y el occidente también hay reportes de cortes incluso antes de los primeros efectos del ciclón. En La Habana, los barrios cargan con la oscuridad desde la madrugada, sin agua, sin comida suficiente y con el malestar de saberse abandonados por un aparato estatal que solo aparece para administrar excusas.

Melissa avanza lentamente hacia el norte de Cuba en medio de una tormenta más profunda que la meteorológica: la crisis energética, la censura informativa y la incapacidad oficial para responder con seriedad. La UNE deja a la población sin certezas, el régimen repite consignas vacías y millones de cubanos enfrentan la noche entre apagones, miedo e incomunicación.

Según el Instituto de Meteorología de Cuba, el huracán mantiene vientos sostenidos de 280 kilómetros por hora, con rachas superiores a los 300 km/h y una presión central de 901 hPa. El sistema se desplaza hacia el norte-nordeste a 7 km/h, con el centro al sur del oriente cubano, a unos 285 kilómetros de Cabo Cruz y 400 kilómetros de Santiago de Cuba. Las autoridades meteorológicas advierten que el impacto directo sobre Granma, Holguín y Santiago de Cuba ocurrirá durante la madrugada del miércoles 29 de octubre, con lluvias fuertes e intensas, acumulados superiores a los 400 milímetros en zonas montañosas y costeras, y marejadas extremas con olas de hasta siete metros en el litoral sur oriental.

El país entra así en una prueba extrema con una red eléctrica debilitada, sin combustible suficiente y sin dirección eficaz. El huracán llega con fuerza, pero el verdadero derrumbe ya venía de antes: el de un sistema incapaz de garantizar luz, comida, transporte ni información cuando más falta hacen.

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