La masonería cubana llegó a su aniversario 166 con una gala en La Habana cargada de simbolismo y de cuentas pendientes con el poder. En el Teatro Benito Juárez, dentro de la sede de la institución, cerca de 600 masones y familiares celebraron una fecha que encontró a la Gran Logia de Cuba en un momento distinto: tras más de un año de pulso contra las injerencias del régimen y después de la salida de Mayker Filema, respaldado por el Ministerio de Justicia.
La celebración reunió a representantes de varias logias del país y a masones de México, Italia, Mali y España. También asistieron el Gran Maestro, José Manuel Valdés Menéndez-Cuesta, los altos funcionarios de la Gran Logia y el Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del Grado 33 para la República de Cuba, José Ramón Viñas Alonso. La imagen de un teatro lleno, celebrada por uno de los presentes, resumió el ánimo de una orden que venía de meses de tensión interna y de presión institucional desde el aparato estatal.
El trasfondo del acto fue claro: la recuperación de la autonomía masónica después de una etapa marcada por la imposición y el control político. La elección democrática y la aprobación del nuevo liderazgo por parte del MINJUS cerraron una disputa que, dentro de la Orden, se vivió como una rareza inaceptable. Para los masones, el episodio terminó como una victoria frente a la intromisión del régimen en una institución que históricamente ha defendido la independencia de criterio.
En su intervención, Yuniesky Carracedo Ortiz enmarcó esa experiencia como una prueba que fortaleció a la fraternidad. Habló de crisis, de resistencia y de misión compartida, pero también de futuro. Recordó que la Gran Logia, con alrededor de 20.000 miembros en todo el país, conserva un papel que sus dirigentes presentan como esencial en la construcción de una sociedad más solidaria y educada.
Ese mensaje tuvo una carga política evidente en un país donde el régimen acostumbra a extender su mano sobre todo espacio organizado que no controle por completo. Carracedo Ortiz pidió convertir el aniversario en un llamado a la acción y exhortó a cada masón a ser agente de cambio en su comunidad, con la memoria de los predecesores y el ejemplo de quienes lucharon por un futuro mejor para todos.
La gala cerró con la Banda Municipal de Regla y con un gesto que buscó afianzar la alianza entre el Supremo Consejo y la Gran Logia: José Ramón Viñas Alonso entregó al Gran Maestro un retrato suyo, obra del artista plástico y masón Eduardo Méndez Navarro. En una Cuba asfixiada por el control político y la ruina institucional, la masonería volvió a marcar distancia y a defender, al menos en su propio terreno, la autonomía que el poder pretende domesticar.

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