Hugo Armando Carvajal Barrios, exjefe de la Inteligencia Militar venezolana, lanzó desde una prisión federal de Estados Unidos una acusación de alto voltaje político: durante dos décadas, el chavismo habría operado como una red criminal apoyada por el régimen cubano. En una carta dirigida al presidente Donald Trump y al pueblo estadounidense, el exgeneral describe un entramado de narcoterrorismo, espionaje y fraude electoral con La Habana como pieza de respaldo.
Conocido como “El Pollo” Carvajal, el militar se declaró culpable en Estados Unidos por conspiración para cometer narcoterrorismo. Desde esa posición, asegura que decidió “expirar sus pecados” contando toda la verdad y ofreciendo datos que, según él, ayudarían a Washington a protegerse de los peligros que observó durante años dentro del aparato chavista. La carta fue publicada por DallaExpressNews y presentada como la confesión más extensa de un alto cuadro del chavismo sobre el funcionamiento interno del régimen de Nicolás Maduro.
El exjefe militar afirma que rompió con Maduro en 2017 y abandonó Venezuela con plena conciencia de que enfrentaba cargos criminales en Estados Unidos. Dice que lo hizo con la convicción de desmontar el “régimen criminal” y devolver la libertad a su país. A partir de ahí, organiza su relato en varias acusaciones que retratan al poder venezolano como un consorcio transnacional de crimen organizado.
Uno de los puntos más graves de su testimonio apunta al narcotráfico como arma política contra Estados Unidos. Carvajal sostiene que el llamado Cartel de los Soles usó las drogas como instrumento de presión geopolítica y que esas operaciones respondían a políticas deliberadas coordinadas desde el régimen venezolano. Señala a Nicolás Maduro, a Diosdado Cabello y a otros altos mandos como parte de esa estructura.
En su versión, la matriz de ese plan surgió en Cuba a inicios de los años 2000. Asegura que La Habana propuso a Chávez convertir el narcotráfico en herramienta de presión regional, con apoyo de las FARC, el ELN, operativos cubanos y miembros de Hezbollah. También afirma que Venezuela aportó armas, pasaportes e impunidad para facilitar esas operaciones.
Carvajal también vincula al régimen con la expansión del grupo criminal Tren de Aragua. Dice que el reclutamiento de cabecillas comenzó bajo Chávez, quien buscó blindar la llamada revolución a cambio de impunidad, y que Maduro amplió ese esquema para exportar delincuencia fuera de las fronteras venezolanas. Según su relato, el traslado de miles de integrantes de esa banda al exterior fue coordinado por ministerios y organismos de seguridad, aprovechando las políticas migratorias de Estados Unidos. Añade que esos grupos llegaron obedientes y armados, con instrucciones de seguir delinquiendo mediante secuestros, extorsiones y asesinatos.
La carta también describe operaciones de espionaje dirigidas desde Venezuela con apoyo de Rusia y Cuba. Carvajal dice que presenció una propuesta de agentes rusos para intervenir cables submarinos de internet con el fin de penetrar comunicaciones estadounidenses. Sostiene además que advirtió a Maduro sobre los riesgos de permitir una estación de escucha rusa en La Orchila, pero fue ignorado.
En otro tramo de su testimonio afirma que espías venezolanos y cubanos han operado dentro de Estados Unidos durante dos décadas, algunos bajo la apariencia de disidentes políticos. Incluso asegura que la inteligencia cubana le mostró redes dentro de bases navales estadounidenses y que determinados funcionarios norteamericanos habrían recibido pagos para sostener al chavismo en el poder.
Carvajal extiende sus acusaciones al terreno electoral. Habla de Smartmatic como una herramienta creada para servir al régimen venezolano y sostiene que el sistema puede ser alterado. Dice además que esa tecnología fue exportada a otros países, incluido Estados Unidos, y que operativos chavistas mantienen vínculos con funcionarios electorales y proveedores de sistemas de votación.
La carta cierra con una advertencia directa al pueblo estadounidense: el régimen venezolano estaría en guerra contra Estados Unidos, usando drogas, pandillas, espionaje y hasta los propios procesos democráticos como armas. El exgeneral remata con una defensa explícita de la política de Trump hacia Venezuela, a la que considera necesaria y proporcional ante la amenaza que describe.
Más allá de la veracidad final que puedan tener cada una de estas afirmaciones, el peso político del testimonio recae sobre una realidad que Caracas y La Habana llevan años intentando maquillar: el chavismo se ha movido con métodos de mafia de Estado, y el régimen cubano aparece otra vez señalado como cómplice y sostén de esa arquitectura de poder. La denuncia de Carvajal vuelve a colocar a Cuba en el centro de una red de narcotráfico, espionaje y manipulación que desborda las fronteras venezolanas.

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