El régimen de Miguel Díaz-Canel volvió a hablar de diálogo con Estados Unidos, pero dejó claro que cualquier acercamiento deberá hacerse sin tocar una sola pieza del control político que sostiene la dictadura en la isla. Desde una concentración en La Habana, el mandatario repitió que Cuba está dispuesta a mejorar las relaciones con Washington, siempre que sea “en igualdad de condiciones” y sobre la base del “respeto mutuo”. Acto seguido cerró la puerta a la única discusión que importa de verdad: “Cuba no tiene que hacer ninguna concesión política”.
La frase revela la línea habitual del poder cubano. El régimen busca alivio externo, pero se niega a mover un milímetro su estructura autoritaria. Habla de entendimiento, mientras protege el monopolio del Partido Comunista y convierte cualquier negociación en una exigencia de sumisión para la otra parte. En La Habana, el diálogo sirve como discurso; la apertura real sigue ausente.
La declaración llegó en medio de la presión creciente de Washington sobre la isla comunista. Donald Trump ha endurecido su ofensiva contra La Habana después del ataque del 3 de enero en Venezuela que depuso a Nicolás Maduro, principal sostén político del castrismo en la región. En esa operación murieron 32 militares cubanos que integraban el equipo de seguridad del gobernante venezolano, un hecho que golpeó de frente la red de apoyo internacional del régimen.
Trump también instó a La Habana a “alcanzar un acuerdo” o enfrentar consecuencias no especificadas, y llegó a sugerir que Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos y defensor abierto de un cambio de régimen en Cuba, pudiera asumir la presidencia del país. A la vez, anunció el fin del flujo de petróleo y ayuda venezolana hacia la isla, un golpe sensible para un aparato estatal que durante años dependió de ese respaldo. Venezuela ha sido, desde el año 2000, el principal proveedor de petróleo para Cuba.
El lunes, Díaz-Canel negó además que existan conversaciones en curso con Estados Unidos, como había afirmado Trump. La contradicción deja al descubierto la fragilidad de la posición oficial: el régimen necesita negociar, pero se aferra al libreto de siempre, el mismo que ha hundido a Cuba en el aislamiento, la dependencia y la pobreza. Mientras no exista voluntad de desmontar el poder represivo, cualquier “diálogo” seguirá siendo una maniobra para ganar tiempo.

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