El régimen cubano volvió a apretar a la población con medidas de emergencia para administrar la escasez de combustible. Esta vez impuso racionamiento en la venta de carburantes, extendió el teletrabajo y llevó las universidades a un esquema semipresencial, en una señal más de que la crisis energética ya desbordó cualquier intento oficial de maquillar la realidad.
Las disposiciones salieron de un Consejo de Ministros extraordinario y fueron anunciadas en la televisión estatal por los ministros del Trabajo, Transporte, Educación Superior y Educación, junto al viceprimer ministro Oscar Pérez-Oliva. El mensaje oficial repitió la misma lógica de siempre: priorizar los pocos recursos disponibles para sostener los servicios fundamentales y las actividades que generan divisas, con el turismo al frente de esa lista.
Pérez-Oliva defendió que el combustible se dirigirá a lo que el Estado considera vital, mientras el resto del país queda obligado a ajustarse a la escasez. También dijo que se facilitarán trámites para que las empresas privadas que tengan posibilidad importen su propio combustible y que el Estado entregará paneles solares a trabajadores esenciales, centros sociales y bancos. En la práctica, el régimen admite que ya no tiene capacidad para sostener el funcionamiento normal del país.
La afectación golpeará de lleno a centros de trabajo, universidades y transporte de pasajeros. El ministro del Trabajo, Jesús Otamendiz, anunció que se promoverá el teletrabajo y la reubicación de trabajadores en las empresas estatales. Walter Baluja, titular de Educación Superior, confirmó que las universidades pasarán a un modelo híbrido. Por su parte, el ministro del Transporte, Eduardo Rodríguez, adelantó que las rutas nacionales de tren quedarán limitadas a una frecuencia de ocho días por destino.
El retroceso tiene una carga política clara. Miguel Díaz-Canel ya había reclamado la víspera tomar como referencia las “indicaciones” de Fidel Castro durante el Periodo Especial y rescató la llamada “opción cero”, aquel plan de supervivencia de los años noventa basado en racionamiento extremo, tracción animal, carbón vegetal para cocinar, transporte no motorizado y autosuficiencia alimentaria. Que el régimen vuelva a invocar ese manual de miseria confirma hasta dónde lo ha llevado su fracaso económico.
La crisis energética que aprieta hoy a Cuba viene desde mediados de 2024, con apagones frecuentes por las averías de las obsoletas termoeléctricas y la falta de divisas para importar los combustibles que necesita la generación distribuida. A eso se suma el golpe al suministro venezolano, vital para la isla, y la presión de Washington, que endureció el cerco con una orden presidencial contra quienes vendan petróleo a Cuba.
Los datos que circulan sobre consumo y suministro describen una dependencia estructural que el régimen ya no puede ocultar. Distintos expertos estiman que Cuba necesita 110.000 barriles diarios para cubrir sus necesidades energéticas, mientras Venezuela le aportó en 2025 unos 30.000. En lo que va de año, la isla solo recibió un petrolero procedente de México con unos 86.000 barriles de crudo.
El propio Jorge Piñón, especialista del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, advirtió para EFE que, si no llegan nuevos envíos de petróleo, Cuba podría estar en marzo ante una crisis todavía más grave. La respuesta del régimen, por ahora, es repartir escasez, reducir servicios y exigirle al pueblo que aguante otra vez el costo de una economía agotada.

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