La amenaza de un bloqueo naval sobre Cuba volvió a sacar al régimen a la defensiva. Desde La Habana, el viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, lanzó una acusación de alto voltaje político al calificar como un “acto de guerra” la posibilidad de que Estados Unidos corte por mar el suministro de combustible a la isla.
El funcionario habló de “un asalto brutal contra una nación pacífica” y sostuvo que Cuba no representa amenaza alguna para Washington. En su mensaje, también atribuyó las penurias económicas del país a decisiones tomadas en Estados Unidos y defendió la idea de que la isla debe resolver sus problemas sin interferencias externas. Ese discurso intenta vestir de soberanía lo que en la práctica es una respuesta desesperada ante la asfixia energética que sufre el país bajo el control del régimen.
La alarma oficialista surge a raíz de un reporte de POLITICO que reveló discusiones internas en la administración de Donald Trump sobre la posibilidad de imponer un bloqueo total a las importaciones de petróleo hacia Cuba. Según ese medio, la propuesta todavía no ha sido aprobada y forma parte de un grupo de opciones que podrían subir al presidente como parte de una estrategia de presión para empujar un cambio de régimen en 2026.
El mismo reporte señala que la idea cuenta con respaldo de figuras influyentes dentro del gobierno estadounidense, entre ellas el secretario de Estado, Marco Rubio, aunque persisten desacuerdos por el riesgo de que una medida de ese alcance provoque una crisis humanitaria en la isla. La discusión deja claro que el combustible sigue siendo el punto más sensible de la economía cubana, porque alrededor del 60% del petróleo que consume el país entra por importación.
Un corte total tendría un golpe inmediato sobre un sistema eléctrico ya hundido. En un país donde los apagones, la escasez y el desorden económico han sido consecuencia directa del mal gobierno, cualquier amenaza de cerco energético golpea primero a la población, no a la cúpula que toma las decisiones. El régimen intenta convertir esa fragilidad en bandera política, pero la realidad cotidiana de los cubanos desmiente cualquier relato de resistencia triunfal.
Fernández de Cossío también recordó, según un reporte de La Radio del Sur, que en 2019 sectores del ala dura del gobierno estadounidense ya habrían impulsado una acción parecida, frenada entonces por agencias de seguridad nacional al considerarla irresponsable y peligrosa. Ese antecedente alimenta el tono alarmista con el que La Habana intenta cerrar filas y presentar cualquier presión externa como una agresión de guerra.
Bruno Rodríguez se sumó al libreto oficial y denunció un supuesto aumento de las “amenazas y agresiones” de Estados Unidos. En un encuentro con diplomáticos acreditados en La Habana, vinculó esa escalada con los hechos en Venezuela y con la captura de Nicolás Maduro en una operación autorizada por Washington a inicios de enero. Desde el aparato diplomático cubano, el mensaje vuelve a ser el mismo: hablar de soberanía mientras el país se hunde en precariedad y dependencia.
El propio reporte de POLITICO aclara que no existe una decisión tomada y que Washington todavía permite que México suministre combustible a la isla, un dato que contrasta con la retórica más dura que circula en la Casa Blanca. Por ahora, lo único firme es la vulnerabilidad de Cuba, atrapada entre la presión externa y el fracaso interno de un modelo que dejó al país sin reservas, sin energía y sin margen de maniobra.

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