Bermúdez respalda a Arleen Rodríguez tras la frase sobre Martí

Abdiel Bermúdez salió a cerrar filas con Arleen Rodríguez Derivet después de la frase que encendió la polémica sobre José Martí y los apagones. Su defensa, publicada en Facebook, puso otra vez bajo los focos la forma en que el periodismo oficialista protege a los suyos cuando estalla el rechazo público: primero llega la lealtad personal, luego la admisión del tropiezo y al final el intento de desviar el golpe hacia las redes.

En su mensaje, Bermúdez aceptó que Rodríguez se equivocó, pero enseguida trató de meter la reacción dentro del ruido digital y de la dureza con que hoy se castiga cualquier desliz. Habló de ataques, de odios y de juicios sin matices, pero el centro del problema quedó intacto: una periodista vinculada al aparato oficial quiso usar a Martí como consuelo frente a una crisis eléctrica que el cubano vive con rabia, cansancio y demasiada oscuridad.

La controversia nació de una entrevista grabada meses atrás con Rafael Correa, cuando Rodríguez comparó al Apóstol con la realidad de los apagones en Cuba. Su frase, aludir a que Martí no conoció la luz eléctrica y aun así fue un genio, cayó como una provocación en medio de cortes prolongados y de una desesperación cotidiana que ya no admite adornos. Correa reaccionó al instante con una frase que devolvió el golpe al presente: “Estamos en el siglo XXI”.

La grabación pasó casi inadvertida hasta que volvió a circular cuando los apagones recrudecieron en varias provincias, con interrupciones que han superado las 40 horas en algunos casos. Ahí explotó la indignación. Muchos cubanos leyeron esas palabras como una burla al sufrimiento diario y como otra muestra de la desconexión entre la élite mediática del régimen y la vida real del país. La crítica no se quedó en una mala comparación; apuntó al fondo de una costumbre vieja: maquillar la miseria con retórica patriótica y convertir la penuria en propaganda.

Bermúdez también se adelantó a quienes pudieran leer su post como obediencia o alineamiento con una orden superior. Aseguró que nadie le dicta lo que puede publicar y cerró filas con Rodríguez, a la que describió como una periodista de mérito, sensibilidad y compromiso con la Revolución. En ese mismo movimiento intentó blindarla ante los cuestionamientos por sus vínculos con el poder y por el supuesto privilegio que la rodea. La reacción retrata bien el ecosistema de la prensa oficialista: una red de lealtades, favores y protección mutua que se cubre a sí misma mientras el pueblo carga con la oscuridad.

Las redes siguieron la ruta esperada. Unos justificaron a Rodríguez en nombre del error humano; otros señalaron el fondo con una claridad que el oficialismo no soporta: los apagones dejaron de ser un accidente y se convirtieron en una humillación nacional, y ningún giro retórico logra borrar ese desastre. En Cuba, invocar a Martí para suavizar la oscuridad solo agrava el rechazo. El país conoce demasiado bien el precio de la electricidad ausente como para aceptar sermones desde la comodidad de un micrófono.

La defensa de Bermúdez terminó revelando más de lo que quiso tapar. Mostró a un periodismo atado a amistades, a protección interna y a su cercanía con el régimen, incapaz de mirar de frente el malestar social que provoca una frase fuera de lugar. Mientras los voceros se cubren entre ellos, la gente sigue atravesando apagones, calor, cansancio y pobreza. Y cuando la realidad aprieta, las excusas pesan menos que la oscuridad que intentan justificar.

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