Un solo tanquero entra a Cienfuegos en plena crisis energética

Cuba amaneció con el mapa marítimo casi vacío en uno de los momentos más duros de su crisis energética. En medio de apagones que golpean durante horas a barrios enteros, solo un buque mostraba movimiento relevante hacia el puerto de Cienfuegos: el tanquero Esperanza, de bandera cubana y procedente de Matanzas.

Los datos de seguimiento marítimo lo identifican como un crude oil tanker construido en 2005, con 213 metros de eslora, 32 de manga y un calado actual de 9,2 metros. Su destino declarado es Cienfuegos, con llegada estimada para el 10 de febrero a las 6:00 am, después de una travesía por la costa sur de la Isla.

El recorrido registrado enlaza además con otro movimiento reciente: el Sandino, que llegó a Matanzas desde la bahía de Nipe, en Holguín. Ese petrolero habría descargado entre 390,000 y 410,000 barriles de combustible, una cifra que el régimen no ha confirmado de forma oficial. Todo apunta a que el Esperanza transporta parte de ese cargamento hacia la refinería de Cienfuegos y al sistema energético del centro del país.

La opacidad vuelve a ser la norma. El régimen no ha ofrecido información pública sobre el origen exacto del combustible, su tipo, los volúmenes trasladados ni el plan de distribución. En un país donde la población vive entre colas para la gasolina, transporte paralizado y apagones que superan las 15 y hasta 20 horas diarias en amplias zonas, el silencio oficial alimenta la desconfianza y deja al descubierto la improvisación con que se maneja un asunto vital.

Durante las primeras semanas de 2026, al menos seis buques operados por el conglomerado militar GAESA concentraron en Matanzas las últimas reservas disponibles. A eso se sumó el desvío del petrolero Mia Grace, que salió desde Togo con rumbo a Cuba y terminó cambiando de destino hacia República Dominicana. El episodio mostró hasta qué punto el régimen sigue atado a una red frágil y cada vez más incierta para asegurar suministros.

Ni siquiera una carga cercana a los 400,000 barriles resuelve el fondo del problema. La dependencia casi total de combustibles importados, la obsolescencia de las termoeléctricas y la falta de mantenimiento convierten cada arribo en un alivio momentáneo, nunca en una salida real. Mientras tanto, el país sigue pagando el costo de un sistema energético roto, administrado por un aparato estatal que oculta, improvisa y deja a los cubanos a oscuras.

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