La Seguridad del Estado volvió a llevarse por unas horas al periodista Henry Constantin, director de La Hora de Cuba, en un episodio que confirma el cerco permanente del régimen contra la prensa independiente. Esta vez fue detenido en La Habana junto a la colaboradora Alejandra García, y ambos fueron liberados el mismo día, después de pasar horas en paradero desconocido.
El arresto ocurrió con agentes de la Seguridad del Estado apostados fuera de la vivienda donde se encontraban. Fue García quien logró avisar sobre la detención, mientras Constantin y ella permanecían incomunicados. Poco después, el propio periodista denunció que durante el operativo recibió amenazas y dejó claro el mensaje que le intenta imponer el aparato represivo: vigilancia, presión y castigo por ejercer el periodismo fuera del control oficial.
Constantin describió con ironía la obsesión del régimen con su trabajo y se colocó, según dijo, en la misma lista de figuras que respeta profundamente, entre ellas Dagoberto Valdés y los padres Alberto y Castor. Esa frase resume la lógica del hostigamiento castrista: convertir a un reportero en blanco político por su independencia y por negarse a someter su voz a la censura.
El caso suma así un tercer arresto en menos de dos semanas. El 20 de enero, el periodista fue detenido frente a su hija pequeña en la calle, en Camagüey, y trasladado a una unidad de la PNR. Allí le levantaron un acta de advertencia, lo interrogaron mientras lo grababan con una cámara y lo soltaron una hora después, después de otra ronda de amenazas.
Antes de eso, el 15 de enero, fue detenido en su vivienda en la capital y pasó más de 24 horas en paradero desconocido. Esa desaparición ocurrió en una semana de mayor presión política en la isla, marcada por los sucesos de Venezuela y por la llegada al país de los restos de 32 militares muertos en Caracas. En esos días, también se reportaron al menos dos detenciones en La Habana y vigilancia sobre varias personas en sus casas.
La secuencia deja expuesta la conducta del régimen: no persigue ideas en abstracto, persigue personas concretas, hostiga familias, instala miedo y usa a la policía política para castigar la disidencia periodística. Constantin quedó otra vez en el centro de esa maquinaria, sometido a detenciones reiteradas, amenazas y períodos de incomunicación que buscan quebrarlo y enviar un mensaje al resto de la prensa independiente en Cuba.

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