La Casa Blanca recibió a un grupo de cristianos perseguidos en distintos países y entre ellos estuvo el pastor cubano Mario Felix Lleonart Barroso, señalado por la represión del régimen en la Isla. El encuentro se produjo después del discurso de Donald Trump en el Desayuno Nacional de Oración y bajo la coordinación de la Oficina de Fe de la presidencia estadounidense.
La presencia del religioso cubano en esa reunión vuelve a poner en primer plano una verdad que La Habana intenta esconder: en Cuba, la fe también se castiga cuando deja de acomodarse al control político del castrismo. Lleonart Barroso afirmó que fue detenido 21 veces y enviado a un campamento de trabajo por practicar y defender su fe antes de salir del país en 2016.
La Casa Blanca reunió además a creyentes de Nigeria, China, Turquía, Sudán y Vietnam, todos con historias marcadas por hostigamiento estatal, arrestos o castigos judiciales. La lista deja expuesto el mismo patrón de abuso: regímenes que usan la fuerza del Estado para sofocar la conciencia libre cuando esa conciencia no se somete.
Trump defendió en su intervención su política de libertad religiosa y aseguró que ninguna administración moderna ha hecho más para enfrentar la persecución de cristianos en el mundo. La Oficina de Fe, creada por orden ejecutiva, celebró su aniversario con un mensaje político claro, en el que atribuyó al presidente una postura favorable a la fe, la familia y la libertad religiosa.
Para Cuba, el mensaje es incómodo y directo. Mientras el régimen persigue, encarcela y expulsa a quienes no se pliegan, un pastor cubano llegó a la Casa Blanca como testimonio vivo de esa violencia. Su caso refleja el costo humano de vivir bajo un sistema que castiga la disidencia espiritual y política con la misma maquinaria represiva.

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