Miguel Díaz-Canel volvió a vender una meta agrícola que choca de frente con la realidad del país: aseguró que en “dos o tres años” Cuba no tendría que importar arroz. La promesa cae sobre una base estadística que exhibe una dependencia brutal del cereal comprado afuera y una producción nacional todavía muy lejos de sostener el consumo interno.
El economista cubano Pedro Monreal puso la cifra sobre la mesa con el rigor que el régimen evita. A partir de los últimos datos oficiales que identifica como correspondientes a 2023, calculó que la disponibilidad total de arroz en la isla fue de 511,584 toneladas métricas, de las cuales 484,222 llegaron por importación. La producción local aportó apenas 27,326 toneladas de arroz de consumo, un volumen incapaz de cubrir la demanda de una población que sigue dependiendo del exterior para comer.
Monreal fue más allá y tradujo la promesa oficial en un número concreto. Si Cuba dejara de importar arroz en ese plazo, la cosecha de 2028 o 2029 tendría que escalar hasta unas 1,29 millones de toneladas de arroz cáscara húmedo, equivalentes a cerca de 600 mil toneladas de arroz para consumo. Ese salto, dijo, resulta improbable bajo las condiciones actuales. La cuenta deja al descubierto el tamaño del engaño: el discurso político del régimen avanza por una ruta distinta a la capacidad real del campo cubano.
El economista también señaló un vacío que agrava la opacidad: no existen estadísticas oficiales de producción de arroz para 2024 y 2025, y el último dato de importación que menciona sigue siendo el de 2023. En medio de ese silencio, circulan estimaciones no oficiales para 2025 en un rango de entre 80,000 y 100,000 toneladas de arroz de consumo, cifras que carecen de respaldo estadístico gubernamental reciente.
Monreal rectificó además un punto técnico en su propia explicación y reafirmó que el indicador agrícola empleado para medir la producción es el arroz cáscara húmedo, convertido luego con un factor de 0,465. Ese detalle importa porque muestra otra constante del manejo oficial: los anuncios se hacen desde el poder, pero los números que deberían sostenerlos aparecen incompletos, atrasados o directamente ausentes.
La conclusión es clara. Con una disponibilidad total dominada por las importaciones y una producción interna raquítica, la promesa de dejar de comprar arroz en “dos o tres años” suena a propaganda improvisada, no a política seria. El régimen insiste en presentar como horizonte cercano lo que hoy no tiene base productiva ni respaldo estadístico. Y mientras tanto, la mesa del cubano sigue dependiendo de lo que se importe.

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