La Cuba que perdió su industria del calzado

La Cuba de los zapatos duraderos quedó atrás y hoy el cubano común paga caro por un calzado frágil, importado y fuera de su alcance. Lo que antes fue una industria con más de 185 fábricas en La Habana y el interior del país terminó reducido a una rareza, mientras la mayoría se conforma con tenis sintéticos de mala calidad o con chancletas de goma por falta de otra opción.

La caída del sector no solo revela el derrumbe de una actividad productiva que llegó a competir con marcas extranjeras. También expone la ruina material que el régimen ha consolidado durante décadas, hasta convertir un oficio extendido y respetado en una excepción para pocos artesanos y clientes con dinero.

En aquella Cuba prerrevolucionaria, el calzado de piel formaba parte de la vida cotidiana. Había surtido, modelos, tallas y precios que permitían comprar zapatos para usarlos durante años. Entre las marcas más reconocidas destacaron Amadeo, Ingelmo y Bulnes, nombres que llegaron a disputarle espacio al calzado importado y a sostener una producción nacional que se vendía dentro y fuera del país.

Amadeo nació en 1903 como un pequeño taller fundado por el español Amadeo Villa en Belascoaín 107, con taller posterior por la calle Chávez. Con el tiempo creció hasta convertirse en una marca de prestigio, mudarse a El Cerro y sumar una línea de producción de lujo, “Amadeo de Saboya”, con piel de serpiente, avestruz y cerdo. Ingelmo, fundada en 1918 por Cristóbal Ingelmo García, llegó a ser la mayor fábrica de zapatos de Cuba. Bulnes, de menor tamaño, también dejó huella con productos de gran resistencia, como botas militares y mocasines.

La dimensión del viejo sector queda clara con un dato: en 1954 Cuba produjo 15 millones de pares de zapatos. Aquella cifra hablaba de una economía capaz de abastecer su mercado y exportar con calidad competitiva. Hoy, en cambio, los zapatos de piel son una rareza y la mayoría de los cubanos depende de mercancía sintética, casi siempre china, que dura poco y cuesta demasiado para salarios que no alcanzan.

El resultado está a la vista en las calles. Los hombres caminan con chancletas de goma, un signo de empobrecimiento que hace décadas habría parecido impensable en un país donde el cubano fue visto alguna vez como uno de los latinoamericanos mejor vestidos y más elegantes. El desplome del calzado resume el fracaso de un sistema que destruyó industria, oficio y consumo, y dejó al país sin capacidad para producir incluso lo elemental.

La historia del zapato cubano cuenta más que una nostalgia industrial. Habla de una nación que perdió su base manufacturera, su mercado interno y la dignidad material de la vida diaria bajo un modelo que prometió justicia social y entregó escasez, deterioro y dependencia.

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