La escasez de combustible volvió a golpear con fuerza a Cuba y arrastró consigo lo que el régimen intenta maquillar a diario: la luz, el transporte, las escuelas y hasta el funcionamiento básico de oficinas y servicios. Tras apenas 48 horas de alivio, los apagones regresaron con la misma crudeza de siempre, según testimonios recogidos en varias provincias.
Yamilka Lafita describió esa pausa como un respiro engañoso. Contó que durante dos días hubo electricidad de forma inesperada, pero enseguida comenzaron de nuevo los cortes de más de 10 horas. En Marianao, Mario Alberto Hernández Leyva reportó interrupciones de hasta seis horas y resumió el regreso de la oscuridad como una repetición exacta de la crisis que el poder pretende normalizar.
El propio aparato oficial confirmó la magnitud del derrumbe. La Unión Eléctrica informó un déficit de generación de 1.996 megavatios en el horario pico, frente a una demanda máxima estimada en 3.100 megavatios. Esa cifra deja al país con capacidad para cubrir apenas una fracción de las necesidades reales, mientras la red eléctrica sigue dependiendo de soluciones improvisadas y de una infraestructura cada vez más rota.
La salida de servicio por avería de la central termoeléctrica Antonio Guiteras, en Matanzas, agrava todavía más el cuadro. La principal planta del país sigue siendo una pieza decisiva en una cadena de fallas que termina siempre en el mismo lugar: hogares a oscuras, centros de trabajo paralizados y familias obligadas a reorganizar la vida alrededor del apagón.
En Camagüey, Leidys Tabares explicó que la crisis también ha golpeado el calendario escolar. Dijo que varios centros han reducido o suspendido actividades y que los preuniversitarios funcionan a medias, con estudiantes que van a las pruebas y regresan enseguida a sus casas. Su relato dejó al descubierto el costo social de una política energética incapaz de sostener lo más elemental: el aula, el transporte y la rutina de los niños.
En Santiago de Cuba, el panorama descrito por Eglis fue igual de duro. Aseguró que la mayoría del día transcurre en apagón y que el servicio eléctrico apenas aparece entre dos y tres horas. Sin transporte, sin estabilidad y sin margen para planificar nada, la vida cotidiana queda sometida al desorden que impone el colapso del sistema.
El impacto alcanzó también al sector bancario y a servicios estatales que dependen de una energía que ya no existe con regularidad. Granma informó que las sucursales del Banco Central de Cuba que no dispongan de sistemas fotovoltaicos o grupos electrógenos ajustarán sus horarios de atención, aunque Cadeca seguirá operando. También señaló proyectos de energía solar en ETECSA y Correos de Cuba, además de ajustes en la entrega de prensa y paquetería según el combustible disponible en cada provincia.
En Pinar del Río, Esteban Ajete confirmó que el leve alivio del fin de semana se evaporó el lunes y dio paso a una nueva escalada de apagones. A eso se suma una crisis del transporte marcada por precios desorbitados del combustible. Dijo que en San Diego estuvieron sin corriente y sin conexión a los teléfonos móviles y a los fijos, mientras la gasolina llegó a 2.000 y 1.500 pesos el litro y los carros particulares dispararon las tarifas. El resultado es el de siempre: movilidad destruida, comercio paralizado y un país empujado a sobrevivir entre el apagón y la especulación.
La emergencia anunciada por Miguel Díaz-Canel, con un discurso de dos horas y la advertencia de un escenario de desabastecimiento agudo de combustible, terminó confirmando lo que el régimen lleva años tratando de ocultar: la crisis ya no es coyuntural, es estructural. Cuba vive atrapada en una economía sin reservas, una red eléctrica en ruinas y un aparato estatal incapaz de garantizar servicios mínimos a la población.

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