La Embajada de Estados Unidos en La Habana redujo su atención presencial a tres días por semana para ahorrar combustible y ajustar el consumo de energía en medio de la crisis eléctrica que golpea a Cuba. Los lunes y viernes quedarán solo para emergencias de ciudadanos estadounidenses, una señal más de cómo el colapso energético ya alcanza espacios que deberían operar con normalidad mínima.
El anuncio, publicado en las redes sociales de la sede diplomática, obliga a reorganizar trámites y limita servicios consulares en un país donde los apagones, la escasez de combustible y la infraestructura agotada ya mandan sobre la vida diaria. La embajada también confirmó que mantendrá activos sus canales de comunicación por teléfono, correo electrónico y redes sociales para quienes necesiten orientación.
La medida importa porque deja al descubierto una realidad que el régimen intenta suavizar con su discurso habitual: la crisis energética no es un tropiezo aislado, es la expresión de un sistema incapaz de sostener servicios básicos con estabilidad. Cuando una representación extranjera tiene que recortar su funcionamiento para no derrochar energía, el problema ya no cabe en la propaganda oficial.
La propia sede recordó además que conserva líneas de emergencia para ciudadanos estadounidenses. En paralelo, Washington anunció recientemente sanciones contra cubanos identificados como participantes en actos de repudio y manifestaciones organizadas contra diplomáticos estadounidenses en La Habana, en un ambiente marcado por el hostigamiento y el control político alrededor de la embajada.
El recorte de servicios vuelve a poner sobre la mesa la fragilidad del país que el régimen vende como si fuera normalidad. La crisis energética no solo apaga barrios y paraliza casas; también trastorna instituciones, retrasa trámites y exhibe a un Estado que administra la escasez como rutina nacional.

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