La Casa Blanca volvió a dejar claro que el contacto con el régimen cubano sigue abierto, aunque el mensaje llegó acompañado de una advertencia política sin rodeos. Karoline Leavitt, secretaria de prensa, dijo que el gobierno de La Habana “debería ser prudente” en sus declaraciones hacia Donald Trump y llegó a describir a Cuba como un país “a punto de colapsar”.
Desde Washington, la señal fue la de una administración dispuesta a hablar, pero sin regalar legitimidad a un aparato que lleva décadas hundiendo a la isla en la miseria y el control político. Leavitt insistió en que Trump “siempre está dispuesto a participar en la diplomacia” y aseguró que ese diálogo “ya está teniendo lugar”, en una escena que confirma la fragilidad del castrismo incluso cuando intenta negar cualquier acercamiento con Estados Unidos.
El propio Trump había reiterado en días recientes que su administración sostiene comunicaciones con Cuba. También habló de los decenas de miles de cubanos que salieron de la isla y que, si ocurre un cambio político en La Habana, podrían regresar. En su mensaje a NBC News, dejó planteada esa posibilidad como una consecuencia directa de una transición real y no de la propaganda oficial del régimen.
La versión de La Habana, sin embargo, siguió moviéndose entre evasivas y medias confesiones. El viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, admitió en CNN que ha habido “algunos intercambios de mensajes” entre altos funcionarios de ambos gobiernos, aunque negó que exista un “diálogo bilateral” formal. Esa admisión desmiente la negación inicial del aparato cubano y deja al descubierto una vez más su afán por maquillar la realidad cuando le conviene.
Mientras tanto, Miguel Díaz-Canel salió a preparar el terreno para otra etapa de penurias. Este jueves reconoció que el país se encamina hacia un desabastecimiento agudo de combustible, con el riesgo de reactivar medidas de emergencia parecidas a la llamada “opción cero” del período especial de los años 90. Su frase fue seca y reveladora: “No soy idealista, vendrán tiempos difíciles”.
La combinación de mensajes desde Washington y La Habana retrata un momento de presión extrema para el régimen. Por un lado, la Casa Blanca marca distancia y señala el deterioro estructural de la isla; por el otro, el poder cubano admite que se avecina otro golpe al pueblo, con menos combustible, más escasez y el mismo control de siempre sobre la vida cotidiana. La crisis vuelve a poner al castrismo frente a su propia ruina, esa que intenta esconder mientras negocia, niega y sobrevive.

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