Donald Trump aseguró este viernes que visitará Venezuela, en una declaración que volvió a sacudir el tablero político regional después de la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, durante una operación militar estadounidense el pasado 3 de enero. El presidente habló frente a periodistas a las afueras de la Casa Blanca y no dio fecha para ese viaje.
“Voy a visitar a Venezuela”, dijo antes de abordar el helicóptero oficial rumbo a Carolina del Norte. Luego añadió que mantiene “una muy buena relación con la presidenta de Venezuela” y que trabajan “muy estrechamente”. La frase, lanzada en medio de la agenda pública de Washington, confirma que la Casa Blanca sigue moviéndose sobre el expediente venezolano con un nivel de intervención que ya dejó atrás cualquier simulación diplomática.
Trump también sostuvo esta semana que las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos son “extraordinarias”. En Truth Social afirmó que las negociaciones con la presidenta interina Delcy Rodríguez avanzan bien y prometió que el petróleo comenzará a fluir junto con “grandes cantidades de dinero” que, según dijo, beneficiarán al pueblo venezolano. El mensaje puso de relieve la apuesta de su administración por una salida política y económica en la que el petróleo vuelve a ocupar el centro de la ecuación.
El presidente vinculó además el momento con el trabajo del secretario de Estado, Marco Rubio, y con lo que calificó como una operación “fantástica” de los representantes estadounidenses. Más tarde anunció su presencia en Fort Bragg, una de las mayores bases de operaciones de las fuerzas especiales del Ejército de Estados Unidos en Carolina del Norte, para honrar a las tropas y a sus familias por su papel en la captura de Maduro y Cilia Flores.
La referencia a Fort Bragg y a la operación del 3 de enero eleva el alcance político del episodio: Washington exhibe fuerza militar, celebra el golpe contra la cúpula chavista y al mismo tiempo abre la puerta a nuevas negociaciones con el poder instalado en Caracas. Para la región, el mensaje es claro. Para los cubanos también: cuando una dictadura se sostiene por años con represión, control y propaganda, el desenlace termina dependiendo de la presión real, no de los discursos vacíos.
El castrismo, que ha vivido amarrado al fracaso venezolano durante años, mira este giro con preocupación. Cualquier cambio en Caracas golpea de inmediato la red de sostén que ha alimentado a La Habana mientras la isla acumula escasez, abandono y miseria. Por eso cada movimiento sobre Venezuela pesa más allá de sus fronteras: compromete petróleo, dinero, poder y la supervivencia de un modelo autoritario que ha sobrevivido apoyado en aliados igualmente frágiles.

Sé el primero en comentar