Mullin gana apoyos para dirigir Seguridad Nacional

El senador republicano Markwayne Mullin suma respaldos en Washington para encabezar el Departamento de Seguridad Nacional, mientras crecen las dudas sobre si tiene la experiencia y el temple para una agencia que hoy está en el centro de la ofensiva migratoria de Donald Trump y de la seguridad interna de Estados Unidos.

La confirmación de Mullin pondría en sus manos el control fronterizo, la respuesta ante desastres y las operaciones antiterroristas, tres áreas sensibles en un momento en que la Casa Blanca empuja una línea dura contra la inmigración y exige resultados rápidos en materia de orden interno.

Entre sus defensores aparecen figuras republicanas que lo presentan como el hombre adecuado para el cargo. El senador James Lankford, también de Oklahoma, lo describió como “el hombre correcto en el momento correcto” y dijo que puede impulsar reformas en FEMA. Desde la bancada republicana, la representante Carlos Gimenez también cerró filas a favor del nominado y lo vinculó con una posible transición dramática en Cuba, a la que calificó como una isla sometida por una tiranía comunista brutal desde hace más de 67 años.

Esa referencia a Cuba no fue decorativa. En Washington, la isla sigue siendo usada como argumento político, señal de dureza y ficha de alineamiento ideológico. Para el régimen de La Habana, cada vez que Cuba aparece en estos debates queda expuesto el peso que todavía tiene su fracaso como símbolo de autoritarismo y la utilidad que le saca la política norteamericana a ese derrumbe prolongado.

El respaldo a Mullin tampoco es cerrado. El senador demócrata John Fetterman adelantó que votará a favor, aunque lo hizo más como gesto de oportunidad que como defensa sólida de su perfil. En cambio, Andy Kim rechazó la nominación y la convirtió en una objeción directa a la política migratoria de Trump y al modo en que se está manejando DHS.

Las críticas más duras apuntan a la falta de experiencia y al carácter combativo del senador. El representante Pat Ryan, exoficial de inteligencia del Ejército, lo atacó con fuerza al cuestionar sus comentarios sobre la guerra y al dejar claro que no ve en él la serenidad necesaria para manejar una oficina de ese tamaño. Ryan lo describió como alguien todavía más volátil y más leal al presidente que la propia secretaria saliente Kristi Noem.

Del otro lado, la Casa Blanca lo defendió como una pieza útil para ejecutar la agenda de Trump, frenar el flujo de drogas y sacar del país a los delincuentes extranjeros ilegales que el presidente coloca en el centro de su discurso. Ese respaldo confirma que la disputa por DHS no es solo sobre un nombramiento: también define el tono de una política migratoria y de seguridad cada vez más dura, más centralizada y menos tolerante con matices.

Desde Cuba, el episodio deja otra lectura incómoda para el régimen. Mientras La Habana insiste en su narrativa de asedio externo, en Estados Unidos la mención a la isla sigue operando como herramienta electoral y como símbolo de firmeza contra dictaduras. El castrismo continúa atrapado en su ruina, pero también sigue sirviendo de referencia útil para discursos que buscan marcar distancia con cualquier señal de debilidad frente al autoritarismo.

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