Pastores evangélicos viajaron desde Las Tunas hasta Holguín para llevar apoyo espiritual y material a Doris Batista, la esposa de Ernesto Ricardo Medina, uno de los jóvenes detenidos por el caso de El4tico. El gesto, realizado bajo la vigilancia de la Seguridad del Estado y en medio de la escasez de combustible, dejó al descubierto una realidad que el régimen intenta esconder: detrás de cada proceso por “propaganda contra el orden constitucional” quedan familias solas, niños desamparados y una represión que castiga también a los que se quedan fuera de la celda.
La visita la encabezó el pastor Mario Jorge, conocido como Mayim, del Ministerio Internacional Viento Recio, acompañado por los reverendos Santiago Pelegrín y Arcel Domínguez. Según relató el propio pastor, la intención fue decirle a la joven esposa que no estaba sola y llevarle una ayuda concreta en un momento de abandono. “Sabíamos que había alguien que estaba desamparado, como esta muchacha, sin dinero y con su esposo preso”, dijo. La frase resume mejor que cualquier discurso la carga humana que deja la detención de estos muchachos.
Ernesto Ricardo Medina y Kamil Zayas Pérez fueron arrestados el 6 de febrero y acusados por videos críticos del gobierno cubano y del sistema político que lo sostiene. El expediente confirma la respuesta habitual del régimen frente a la disidencia expresada desde el audiovisual independiente: criminalizar la crítica, convertir la opinión en delito y empujar a la familia al castigo económico y emocional. La represión no se queda en la detención. Se extiende a la esposa, a la hija pequeña y a todo el entorno que queda desprotegido cuando cae el brazo de la Seguridad del Estado.
La propia declaración del pastor apunta a esa dimensión política que el castrismo pretende negar. Habló de libertad, de ideas y de respeto a una expresión que en Cuba no se respeta. También insistió en que la iglesia tiene una función humanitaria frente a esas injusticias. En un país donde el poder controla casi todo y sofoca cualquier voz crítica, que una congregación se mueva para asistir a una familia perseguida por pensar y decir lo que piensa tiene un peso moral que el régimen no puede borrar con propaganda.
El caso de Ernesto y Kamil ya había provocado solidaridad dentro y fuera de la isla. Artistas, activistas y ciudadanos han pedido su libertad y denunciado el castigo por ejercer la libre expresión. Esa reacción revela otra grieta del sistema: cada vez que la dictadura responde con cárcel a una crítica, amplía el costo político de su abuso y deja más claro que la defensa del “orden constitucional” sirve de excusa para aplastar voces incómodas.
La visita pastoral a Doris Batista no resuelve el drama de la familia, pero sí lo saca a la luz. En Cuba, cuando un joven cae preso por videos críticos, el régimen no solo encierra al acusado; también siembra miedo, hambre y desamparo alrededor de su casa. Esa es la factura real de la represión política que el poder pretende normalizar.

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