Moscú volvió a poner a Cuba en el centro de su discurso diplomático y lo hizo con una señal clara: seguirá brindando asistencia y apoyo a la isla, según declaró la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores ruso, María Zajárova, en vísperas del encuentro entre Serguéi Lavrov y Bruno Rodríguez Parrilla en Rusia.
La funcionaria presentó la relación bilateral como una alianza de casi siete décadas, basada en respeto mutuo y respaldo político. En la práctica, ese mensaje confirma que La Habana sigue apostando por sostenerse sobre padrinos externos mientras la crisis interna castiga a la población, con escasez, deterioro y una economía incapaz de salir del atolladero que arrastra desde hace años.
El dato importa porque el régimen cubano insiste en vender como fortaleza lo que en realidad es dependencia. Cada gesto de Moscú sirve para apuntalar a una cúpula que no rinde cuentas en casa y que busca aire fuera de la isla para compensar su fracaso interno. La foto diplomática puede sonar a rutina, pero detrás hay una verdad conocida por los cubanos: el poder se aferra a alianzas internacionales mientras el costo lo paga la gente común.
La reunión entre Lavrov y Bruno Rodríguez llega, además, en un momento en que el aparato oficial necesita mostrar respaldo externo para sostener su narrativa de legitimidad. Zajárova dejó claro que Rusia no se desmarcará de La Habana y que mantendrá su apoyo. Para el régimen, eso vale como oxígeno político. Para el cubano de a pie, significa más continuidad del mismo modelo: una dirección que sobrevive con tutela extranjera mientras la isla sigue sin soluciones reales.
La relación que el Kremlin describe como sólida y contrastada revela también el tipo de política exterior que ha cultivado el castrismo durante décadas: alianzas ideológicas, dependencia y propaganda. En vez de abrir espacio a la libertad, la rendición de cuentas y la prosperidad, el poder en Cuba sigue amarrado a socios que le garantizan supervivencia, no bienestar para el país.

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