Honduras volvió a ser un país de tránsito para la migración cubana en enero, cuando 1.596 personas en situación de vulnerabilidad cruzaron su territorio con rumbo a Estados Unidos, según informó la Organización Internacional para las Migraciones. La propia OIM precisó que los cubanos representaron el 76 % de ese flujo, una señal clara de que la huida sigue viva pese al cierre de rutas y al endurecimiento de los controles en la región.
El dato llega acompañado de otro golpe igual de duro: 3.709 hondureños fueron deportados a su país en el mismo mes, un aumento de 9,5 % frente a enero de 2025. La OIM explicó que la mayoría retornó desde Estados Unidos, mientras una parte menor llegó desde México y Guatemala. El cuadro deja ver el costo humano de la migración irregular en Centroamérica, donde miles de familias quedan atrapadas entre expulsiones, fronteras cerradas y caminos cada vez más peligrosos.
Para Cuba, la cifra tiene un peso especial. Que los cubanos sigan siendo el grupo mayoritario entre quienes atraviesan Honduras revela hasta qué punto el régimen mantiene empujada a su gente hacia la salida. La pobreza, los salarios bajos, la falta de empleo y la ausencia de horizonte económico no aparecen como una estadística aislada: están detrás de esa ruta de escape que convierte a Centroamérica en corredor obligado para quienes buscan sobrevivir fuera de la isla.
La OIM detalló además que del total de retornados a Honduras, el 97 % fueron adultos y solo el 3 % niñas, niños y adolescentes. También reportó que 3.273 personas recibieron asistencia en el Centro de Atención al Migrante Retornado de San Pedro Sula, 160 en el de Belén y 276 en Omoa. Son cifras que hablan de una cadena migratoria marcada por la precariedad y por la respuesta limitada de los Estados de paso, incapaces de absorber el tamaño real del éxodo regional.
En el caso cubano, el dato de enero confirma una realidad que el régimen intenta maquillar con propaganda y silencios: la salida masiva sigue siendo una válvula de escape para una crisis interna que no ofrece salida digna. Mientras la isla empuja a miles a buscar futuro fuera, Honduras y otros países cargan con el tránsito, el retorno y la presión humanitaria que deja esa fuga constante.

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