Un nuevo vuelo con 116 cubanos deportados desde Estados Unidos aterrizó en el Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana, en una operación que eleva a más de 300 los retornados en lo que va de 2026, según cifras oficiales del Ministerio del Interior. El caso vuelve a mostrar el costo humano de la crisis migratoria que empuja a miles a salir de la isla y luego los devuelve a un país que el régimen sigue sin ofrecerles futuro.
La aeronave llegó este viernes con 88 hombres y 28 mujeres, de acuerdo con el reporte divulgado por Granma. Las autoridades cubanas presentaron el traslado como parte del cumplimiento de los acuerdos migratorios con Washington y reiteraron su discurso habitual sobre una migración “regular, segura y ordenada”, mientras insisten en culpar a las rutas irregulares por los riesgos que enfrentan quienes abandonan el país.
Ese relato oficial deja fuera lo esencial: los cubanos siguen marchándose porque dentro de la isla no encuentran salario, estabilidad ni horizonte. La represión política, el colapso económico y la falta de libertades sostienen una fuga constante que luego el régimen intenta administrar con vuelos de retorno, protocolos y mensajes preventivos, como si el problema pudiera reducirse a un trámite fronterizo.
El Ministerio del Interior aseguró que desde inicios de año ya suman 302 los cubanos deportados desde territorio estadounidense bajo los mecanismos pactados entre ambos gobiernos. El dato incluye este último vuelo y otro realizado el 9 de febrero, cuando regresaron 170 migrantes al mismo aeropuerto habanero. La secuencia confirma que la presión migratoria continúa, pese al lenguaje oficial de control y orden.
Granma insistió además en que los retornados quedan sujetos a revisiones y procedimientos internos una vez pisan suelo cubano. Esa parte del proceso recuerda que, incluso después de sobrevivir la travesía y la deportación, muchos vuelven a quedar bajo la vigilancia de un Estado que convierte la migración en expediente administrativo y en advertencia política para los que piensan irse.
La cooperación migratoria entre La Habana y Washington se mantiene como una válvula de escape para una crisis que el régimen no resuelve en su origen. Mientras las autoridades hablan de salidas legales y de riesgos en rutas irregulares, la realidad es que la estampida sigue alimentada por la pobreza, el desgaste social y la ausencia de libertades que empujan a tantos cubanos a buscar afuera la vida que dentro no tienen.

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