La Unión Eléctrica anunció apagones simultáneos durante toda la jornada y una afectación de hasta el 54 % del país en el horario de la tarde-noche, cuando la demanda se dispara. La estatal prevé una capacidad de generación de 1.469 megavatios frente a una demanda máxima de 3.150, un hueco de 1.681 megavatios que obligará a desconectar 1.711 para evitar un desorden mayor en el sistema.
La noticia vuelve a poner en primer plano el colapso eléctrico que arrastra Cuba desde hace meses y que el régimen intenta administrar a golpe de partes oficiales. Siete de las 16 unidades de producción termoeléctrica operativas están fuera de servicio por averías o mantenimientos, mientras esas plantas siguen siendo una pieza central del suministro. A eso se suma la opacidad sobre la llamada generación distribuida, de la que la UNE dejó de informar con claridad en sus partes diarios.
El apagón masivo no es una incidencia aislada ni un tropiezo técnico pasajero. Responde a un sistema sostenido por décadas de infrafinanciación, con centrales obsoletas, falta de divisas para importar combustible y una red que el Estado no ha podido sostener. Expertos independientes calculan que harían falta entre 8.000 y 10.000 millones de dólares para sanear el sector, una cifra que revela la profundidad del deterioro y la incapacidad del aparato estatal para garantizar un servicio básico.
La propia versión oficial intenta repartir culpas y señala las sanciones estadounidenses y el impacto sobre la industria energética. Pero el dato duro sigue ahí: la crisis se ha gestado dentro de un modelo en manos del Estado desde 1959, con inversiones insuficientes, mantenimiento tardío y una administración que ha convertido la electricidad en otra muestra del fracaso estructural del régimen.
Las consecuencias caen sobre la vida diaria de la gente. Los apagones lastran la economía, que se ha contraído más de un 15 % desde 2020 según cifras oficiales, y golpean cada hogar con calor, pérdida de alimentos, interrupciones del trabajo y más desgaste social. También han sido el detonante de las principales protestas de los últimos años, una señal de que la oscuridad en Cuba ya no solo apaga bombillos: enciende el malestar de un país agotado.

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