Marco Rubio llega esta semana a la cumbre de CARICOM, en San Cristóbal y Nieves, con Cuba y Venezuela en el centro de la conversación regional. Washington quiere empujar una postura común sobre ambos regímenes mientras mantiene la presión sobre La Habana, justo cuando la isla atraviesa una crisis energética que ha dejado la economía prácticamente paralizada.
El secretario de Estado estadounidense asistirá al encuentro para defender las prioridades de Donald Trump, entre ellas el combate a la inmigración ilegal y la búsqueda de mayor alineación hemisférica con Washington. Según el Departamento de Estado, Rubio reafirmará el compromiso de trabajar con los países del bloque para aumentar la estabilidad y la prosperidad en la región.
La dimensión cubana de esa agenda pesa más de lo que admite la diplomacia. La isla depende del petróleo venezolano y, según el material disponible, el corte de esos envíos por parte de Washington golpeó de lleno el suministro de combustible. A eso se suma la amenaza de sanciones a cualquier país que venda petróleo a La Habana, una presión que aprieta todavía más al régimen y deja al descubierto la fragilidad de su economía.
CARICOM se ha movido con cautela frente a esa ofensiva. La mayoría de sus gobiernos ha evitado alinearse de forma abierta con la presión estadounidense sobre Cuba, aunque el año pasado desoyó la petición de Rubio de prescindir de las misiones médicas cubanas, una fuente clave de divisas para La Habana y un programa denunciado en Washington como trabajo forzado. Guatemala sí respaldó ese llamado.
La cumbre también vuelve a colocar sobre la mesa la relación entre Washington y La Habana. Rubio, de origen cubano, mantiene contactos directos con el régimen, y Donald Trump ha dicho que el secretario de Estado negocia con un nieto de Raúl Castro. En paralelo, el canciller Bruno Rodríguez acusó a Estados Unidos en Ginebra de querer provocar una “catástrofe humanitaria” en la isla.
El encuentro caribeño confirma que Cuba sigue siendo una pieza sensible en el tablero regional, pero también un caso de dependencia política y económica sostenida por el régimen. La discusión en CARICOM no resuelve la crisis cubana, aunque sí deja a la vista el costo de un modelo que vive del combustible ajeno, de las divisas externas y de una arquitectura de poder cada vez más erosionada.

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