Ecuador declaró persona non grata al embajador del régimen cubano en Quito, Basilio Antonio Gutiérrez García, y ordenó la salida de todo el personal diplomático, consular y administrativo de la misión de Cuba en esa capital. La decisión deja a la representación oficial de La Habana fuera del país en un plazo de 48 horas.
La medida fue comunicada por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana de Ecuador, que se amparó en el artículo 9 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas. Quito no ha explicado las razones de fondo que llevaron a una expulsión de ese tamaño, y ese silencio confirma que el golpe se manejó con cuidado político y con un claro efecto de ruptura.
Para el castrismo, el golpe es más que un tropiezo diplomático. La expulsión de toda una misión en una capital latinoamericana reduce su margen de maniobra exterior y vuelve a exhibir el desgaste de una diplomacia que intenta proyectar influencia mientras el régimen pierde credibilidad dentro y fuera de la isla. Cada cierre de puertas en la región termina golpeando también la imagen de un poder que se sostiene sobre control interno, propaganda y aislamiento creciente.
El movimiento ecuatoriano coincidió con otra decisión en sentido inverso: Ecuador dio por terminadas las funciones de José María Borja López como embajador en La Habana, según reportó El Comercio. Esa secuencia deja abierta la pregunta política de fondo sobre el rumbo de la relación bilateral y sobre si el Gobierno de Daniel Noboa irá más lejos en el distanciamiento con Cuba.
Por ahora, la señal es clara: la presencia exterior del régimen vuelve a quedar tocada en un escenario donde ya arrastra una pesada carga de descrédito. La expulsión en Quito se suma al desgaste internacional de una dictadura que conserva embajadas y discurso, pero pierde espacio, respeto y capacidad real de interlocución.

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