Una madre de La Habana contó que algunas mañanas amanece sin poder darle desayuno a su hijo antes de llevarlo a la escuela. La frase, dicha desde dentro de la crisis cotidiana que vive Cuba, deja al descubierto hasta qué punto la escasez ha entrado en la casa y ha roto la rutina más básica de una familia.
Ese testimonio vale más que cualquier consigna oficial. Cuando una madre cubana empieza el día sin saber si podrá alimentar a su niño, el derrumbe económico deja de ser una estadística y se convierte en una carga directa sobre la infancia. La escuela, que debería arrancar con normalidad, queda atravesada por la carencia de la mesa familiar.
La escena retrata la vida de miles de hogares en la isla: calcular, improvisar, estirar lo poco que hay y resignarse a que lo elemental falte. En ese terreno el régimen no ofrece salida real. Mantiene el discurso, pero la comida no aparece, y la presión recae siempre sobre quienes menos margen tienen para resistir.
La confesión de esta madre también expone el costo social de un sistema que ha convertido la supervivencia diaria en costumbre. La falta de desayuno no llega sola; arrastra angustia, vergüenza y agotamiento, y golpea primero a los niños, que cargan con un país incapaz de garantizarles lo mínimo.
Lo que dijo desde La Habana no suena a excepción. Suena a Cuba hoy: una isla donde muchas familias abren los ojos con la misma pregunta y donde el fracaso del régimen ya se mide en un plato vacío antes de salir para la escuela.

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