Una gorra bastó para que la maquinaria propagandística del régimen activara el mismo libreto de siempre: señalar, deformar y convertir una expresión juvenil en amenaza política. El programa oficialista Con Filo apuntó contra varios jóvenes cubanos por usar el lema “Make Cuba Great Again”, los enlazó con el trumpismo, el extremismo y hasta con supuestos llamados a la violencia contra la Isla. El objetivo era claro: ensuciar el mensaje antes de que el mensaje hablara por sí mismo.
La respuesta llegó desde la cuenta de Instagram out_of_the_box_cuba, donde los jóvenes publicaron un video para denunciar la manipulación y explicar el sentido que le dan a esa gorra. “Al parecer, ciertos medios están tergiversando nuestro mensaje”, dicen al inicio, justo antes de mostrar el fragmento del espacio oficialista en el que se les acusa de promover ideas peligrosas y ajenas al país. La escena revela el método del castrismo: primero etiqueta, luego intenta fijar la culpa en la opinión pública.
El conductor de Con Filo fue más lejos al afirmar que hay personas que “lo mismo piden bombas para el país que lo vino a hacer o que usan la versión cubanizada de la gorra del trumpismo”. Ese lenguaje no busca esclarecer nada. Busca intimidar, cerrar el debate y sembrar sospecha sobre cualquiera que salga del carril ideológico permitido. En Cuba, el aparato mediático del poder funciona así: convierte desacuerdo en delito moral y discrepancia en peligro para el Estado.
Los jóvenes rechazaron esa lectura sin rodeos. “Déjanos explicarte lo que verdaderamente significa esta gorra”, responden, y marcan distancia de cualquier vínculo con la política estadounidense. “Nuestra gorra no habla de bombas ni de políticos extranjeros”, aclaran. Su planteamiento apunta a otra realidad, mucho más cubana y mucho más dura: una Isla donde estudiar sin que el esfuerzo se pierda, trabajar sin humillación y vivir con lo básico al alcance dejó de ser normalidad.
En su mensaje aparecen las carencias de siempre, dichas con la sencillez de quien las padece todos los días: luz, agua, gas, salud, transporte. También aparece el cansancio de una generación empujada entre la precariedad y el éxodo. “Soñar con una Cuba próspera no nos convierte en trumpistas. Somos jóvenes que no quieren huir para poder vivir con dignidad”, afirman. Hablan como hijos de profesionales que no llegan a fin de mes y como muchachos que no aceptan pasar la vida entera sin conocer su propio país.
El contraste que describen es el retrato más crudo de la decadencia nacional. Mientras una parte de los cubanos sobrevive entre apagones y carencias, otros recorren la Isla y disfrutan de sus paisajes como si el país les perteneciera por encima de quienes nacieron y siguen atrapados en él. Esa desigualdad tiene nombre y apellido: régimen, control y fracaso de un sistema que exprime a los de adentro y vende una postal para los de afuera.
Lejos de un eslogan extranjero, la gorra terminó convertida en una declaración de arraigo y protesta. “Nuestra gorra significa que queremos una Cuba donde quedarse sea un orgullo, no un sacrificio”, concluyen. La frase incomoda porque golpea el núcleo de la mentira oficial: un país que obliga a marcharse a sus hijos mientras castiga a quienes todavía se atreven a imaginar futuro dentro de la Isla.
El episodio deja al descubierto el choque entre una propaganda que vigila y etiqueta, y una juventud que pide algo elemental: vivir con dignidad sin pedir permiso político para decirlo. En manos del régimen, hasta una gorra se vuelve sospechosa cuando recuerda que Cuba merece mucho más que la miseria administrada y el miedo como norma.

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