El Sistema Eléctrico Nacional quedó interconectado de nuevo este jueves tras la avería que lo sacó de servicio en la víspera, pero la isla sigue a oscuras en amplias zonas y con más de 20 horas de apagón encima. El anuncio del Ministerio de Energía y Minas confirmó el colapso de un país donde volver a unir la red no resuelve, por sí solo, la falta de generación ni el deterioro acumulado del sistema.
La propia estatal Unión Eléctrica admitió que, con varias centrales térmicas en marcha, el sistema apenas podía producir 590 megavatios en la mañana, una cifra que cubre una fracción mínima de la demanda nacional. En la práctica, la reconexión solo abre la puerta al restablecimiento; la corriente no vuelve hasta que existan combustible, capacidad de generación y una red capaz de sostenerla. En Cuba, esas tres cosas fallan al mismo tiempo.
El apagón masivo dejó sin electricidad a dos tercios del país, unos seis millones de personas, y desató una cadena de averías adicionales. En La Habana también se reportó la caída de los teléfonos fijos, de las redes móviles y del suministro de gas para cocinar, una combinación que empuja a miles de familias a resolver lo básico en medio de la oscuridad y sin respaldo real del Estado.
La avería se originó con la salida imprevista de la central termoeléctrica Antonio Guiteras, una de las principales del país. El régimen insiste en culpar el bloqueo estadounidense por la falta de combustible, pero el propio discurso oficial deja ver un problema más profundo: centrales envejecidas, sin inversiones suficientes, y una dependencia absoluta de un sistema eléctrico administrado por años con parches, improvisación y propaganda.
Félix Estrada, director del Despacho Nacional de Carga de la UNE, reconoció en la televisión estatal que la escasez de diésel complica el restablecimiento del SEN. Esa confesión desnuda el límite del modelo: cuando faltan piezas, combustible y divisas, el aparato eléctrico cubano se cae entero. Y cuando se cae, el costo lo paga la población, que vuelve a quedar atrapada entre apagones prolongados, servicios básicos rotos y un país cada vez más ingobernable desde la red eléctrica.
La crisis energética que Cuba arrastra desde mediados de 2024 se ha agudizado con las últimas restricciones de Washington, pero el derrumbe también responde al déficit crónico de mantenimiento y a la incapacidad del régimen para sostener su infraestructura. Según el propio Gobierno cubano, las termoeléctricas aportan alrededor del 40 % de la matriz y la generación distribuida otro 40 %, ahora paralizada por la falta de combustible. El resultado es el mismo de siempre: una nación entera pendiente de que vuelva la luz mientras el Estado admite, sin soluciones de fondo, que no tiene con qué mantenerla encendida.

Sé el primero en comentar