Sandro Castro apareció otra vez en una calle del Vedado, esta vez mientras grababa un video junto a un hombre disfrazado de Donald Trump sobre un triciclo eléctrico. Las imágenes, enviadas de forma anónima, lo muestran en plena escena callejera, rodeado de curiosos y con toda la puesta en función de otro contenido para redes.
El episodio importa por lo que exhibe sin pudor: el nieto de Fidel Castro sigue moviéndose en La Habana como si el apellido lo colocara por encima de la realidad del país. Mientras la mayoría sobrevive entre carencias, apagones y salarios destruidos, él vuelve a convertir el espacio público en escenario para sus bromas, sus provocaciones y su exhibición de privilegios.
En el material se ve a Sandro sentado en un pequeño vehículo de tres ruedas, mientras conversa y gesticula con el imitador de Trump, vestido con peluca rubia y traje oscuro. A su alrededor hay personas observando la escena, motocicletas estacionadas y el ambiente de una calle habanera donde la espectacularidad del acto contrasta con la rutina dura que carga la ciudad.
No quedó claro si el video era solo para redes o parte de alguna promoción, pero el patrón ya es conocido. Sandro Castro ha construido notoriedad a fuerza de apariciones polémicas, autos de lujo y ocurrencias que irritan porque salen del mismo círculo familiar que ha parasitado durante décadas al país. En Cuba, ese contraste no pasa inadvertido: la élite castrista conserva el privilegio mientras el pueblo paga la factura del desastre económico que el régimen insiste en maquillar.
La escena del Vedado vuelve a dejar una fotografía incómoda del poder en Cuba. El heredero del apellido se pasea, juega a la provocación y ocupa espacio público con una impunidad que solo existe bajo un sistema donde la casta gobernante no rinde cuentas y el resto del país sigue atrapado en la escasez.

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